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Razones para seguir leyendo y algunos consejos para sustituir a la TV
01 oct 2004
Razones para seguir leyendo y algunos consejos para sustituir a la TV


LEER, PENSAR, DUDAR... PUEDEN SERVIR PARA SABER QUE SOMOS ALGO MÃ?S QUE ESPECTADORES

http://www.iberica2000.org/Es/Articulo.asp?Id=1795

Es evidente que existen diversas "necesidades" en nuestra sociedad que no pueden ser ni evitados ni eliminados de forma radical. La lectura nunca ha sido una diva, una obsesión para el grueso de la masa social que conforma el tejido cívico. Pero, sin duda alguna, la televisión es la estrella que brilla con luz propia incluso cuando permenece apagada.

Es un instrumento que causa todos los bienes y males. A ella se le achacan todos nuestros problemas y a ella van todos los que tienen algo que decir privadamente. Es una de las herramientas que ha sustituido al grupo de amigos adolescentes, al cura de la parroquia, al médico de pueblo, al padre, a la madre, al maestro...

En esa caja podemos ver correr vertiginosa y brutalmente todo lo que dicen pasa en nuestro mundo, aunque lo realmente necesario y vital se censure o se oculte...

Es evidente que la lectura, el diálogo y el conocimiento de nuestro entorno a través de nuestra propia persona, han pasado a mejor vida gracias a los avances tecnológicos, al móvil, al televisor...

Para intentar cierto equilibrio, presentamos hoy ciertas reflexiones sobre las razones que deben conducirnos a recuperar la lectura y a sustituir el uso de la televisión.

Conviene pasear y mirar a los ojos de aquellos que comparten su vida y sus inquietudes con nosotros.

Antonio Marín Segovia
Cercle Obert de Benicalap
Iniciativas Sociales y Culturales de Futuro
antoniod17 ARROBA ono.com




¿Leer para qué?


José �ngel Leyva

La Jornada- México
septiembre de 2004

Desde hace algunos años, quizás desde aquel libro que escribí, basado en entrevistas a científicos y en mis propias reflexiones, Lectura de un mundo nuevo (uas, 1994), sigo pensando en la pregunta: ¿leer para qué? Leer para qué en tiempos de pragmatismo y banalidad, cuando está de moda hablar de la lectura como obligación, de la lectura como vía infalible al éxito, de la lectura como puerta grande a la sabiduría, de los libros como fuente inagotable de información y memoria, de la página escrita como afrodisíaco o manantial de placer, de la lectura, en fin, como antídoto contra el aburrimiento. Todo ello es parcialmente cierto o parcialmente falso, según desde el ángulo que se le quiera analizar. Al menos en este país y en este momento, podemos afirmar, con toda certeza, si pensamos en la fantasía de la mayoría de los padres ây es que lo máximo en su vida es que alguno de sus hijos llegue ser presidente de la Repúblicaâ, que la lectura no es, precisamente, la herramienta del éxito, de ese éxito.

Antonio Tabucchi plantea una cuestión semejante en su libro La gastritis de Platón, que inicia con el malestar que le provoca el planteamiento de Umberto Eco, en un ensayo publicado en L´Expresso, acerca de la función del intelectual en la sociedad. Eco resume su idea afirmando que ante un incendio, al intelectual no le queda más que coger el teléfono y llamar a los bomberos. Este supuesto irrita a Tabucchi, quien señala que debe entenderse al intelectual como escritor (trátese de ficción, de ciencias, o de humanidades) y a esta clasificación debemos sumar a los poetas. En primer lugar aduce que el intelectual haría lo mismo que cualquier otra persona con sentido común, llamar a los bomberos, a los expertos, para que apaguen el incendio. Su función no es la de ahogar las llamas, pero sí la de pensar, reflexionar e indagar sobre las causas y los efectos del siniestro. Entonces, Tabucchi echa mano de esa provocación con la que titula su libro La gastritis de Platón. Si los poetas hubiesen inventado un remedio contra este padecimiento, la historia de las ideas quizás hubiese sido otra. El filósofo griego no hubiese excluido a los poetas de su República, pues les hubiese encontrado una función práctica en la vida. Pero no ocurrió así y los intelectuales han dedicado sus vidas a interrogarse sobre y a imaginar la realidad de otros modos distintos a lo que marca un orden establecido, una legislación, y con mucha frecuencia a acelerar los procesos históricos, a transgredir los ritmos, a provocar rupturas y a pretender momentos inaugurales. En la mentalidad de Rimbaud, el hombre moderno es aquel siempre distinto de sí mismo.

Tabucchi se remite a Lyotard y a Wittgenstein para insistir en que la función del intelectual no es la de inventar remedios, tampoco la de resolver la crisis, sino la de provocarla, y mejor aún âo peor aún, según se quiera interpretarâ la de poner en crisis. El intelectual, y el poeta, inconformes, es decir renuentes a la forma por definición, se interrogan sobre las causas y las razones de tal situación, de tal fenómeno, de equis circunstancia. Al cuestionar la realidad y al pretender su interpretación, las categorías del relato histórico y del pensamiento dominante se ponen en crisis, para abrir la puerta a un orden diferente. El intelectual y el poeta no reducen su papel a llamar a los bomberos, sino a darle un significado, a explorar el origen y las consecuencias del fuego en lo particular y en lo general; a menudo también a colocarlo en una perspectiva estética, si es el caso de un artista.

Si esta es la función del intelectual, si la lectura es su fundamento cognoscitivo y la escritura su herramienta de trabajo o su instrumento de transformación, entonces uno vuelve a preguntarse con Tabucchi si la lectura no conduce justamente a la crisis en la medida en que siembra de preguntas el pensamiento de los individuos, además de otorgarles información y conocimiento, por supuesto.

Leer para qué. ¿Acaso para tener las prostitutas más cultas e informadas o para jactarnos de poseer una sociedad pobre y desempleada pero con muchas lecturas? La experiencia de los países del llamado "socialismo real" es que forjaron generaciones de lectores voraces, tanto que no pudieron impedir que los libros prohibidos de autores como Solyenitzin, Pasternak, Mijail Bulgakov, Ismail Kadaré, Reinaldo Arenas, entre muchos más, se multiplicaran domésticamente en las máquinas de escribir mecánicas y en papel calca. Miles de copias salían de los lectores clandestinos hacia un público anhelante, sin ningún otro objetivo que romper el cerco de la forma, de la ley que niega la libertad de pensar.

Leer para qué. ¿Para conocer de manera pasiva la versión oficial de la historia, para entender el país como río de un solo afluente, o leer para preguntarse sobre los porqués de estas crisis recurrentes?

Se ha pensado que la literatura, que la poesía, es inocua. Que las guerras las provocan los generales y los políticos ansiosos de poder.

Pero en el centro de todo ello están las palabras. No hace mucho leía Soldados de Salamina, que nada tiene que ver con la guerra contra los persas, pero sí con el desangramiento fratricida de la España Republicana y la España Nacionalista. Rafael Sánchez Mazas fue un poeta, un escritor bueno, pero no grande, según lo califica Javier Cercas, autor de esta novela.

Sánchez Mazas fue uno de los fundadores de la falange española, uno de los responsables, junto con otros escritores y políticos como José Antonio Primo de Rivera, de la exaltación del derechismo fascista que se enfrentó a la otra España sublimada en los poemas y los cantos de las izquierdas. Los intelectuales trazaron porvenires diferentes, imaginaron y recrearon a su país en una perspectiva antagónica, irreconciliable y con una mirada sobre el pasado que reposaba en mitologías rivales. Javier Cercas hace una lectura de la historia reciente de su país desde otro ángulo, quizás desde el bienestar y la amnesia que domina a las nuevas generaciones de la España de la Unión Europea para mostrarnos su propio asombro ante el papel de los intelectuales, de los poetas, y sus obras en la gestación de una guerra civil. Pero si nos vamos un poco más atrás y enfocamos la atención en Goethe, observaremos que el romanticismo que incendió los nacionalismos también causó víctimas entre los jóvenes de Europa a causa de la lectura de La cuitas del joven Werther. Una obra literaria llevó a repetir físicamente el acto banal de un personaje de ficción. El suicidio se había puesto de moda.

¿Leer literatura entonces, me pregunto, es una simple fuente de placer, tal como lo suelen vender los panegiristas de la lectura?
Pienso definitivamente que no; la literatura, y la lectura en general, nos aleja del dominio de la placidez y la inocencia. Nos lleva al conflicto de la decisión, de la elección o de la duda abierta, sin más respuesta que la incertidumbre. Nos lleva, cuando realmente funciona como obra de arte o como pieza de conocimiento y reflexión, a la crisis que alude Tabucchi. La lectura no es de ninguna manera la vuelta al paraíso perdido, sino su alejamiento, el camino de la inconformidad. Porque, además, la literatura abreva aún en la conciencia popular, en la oralidad, en el habla de todos los días que renueva, trastoca y enriquece las lenguas que logran afianzarse a la permanencia gracias al artefacto que representa la literatura, o sea, la letra. El pensamiento escrito no sólo mantiene viva y en movimiento una lengua, sino que la lleva permanentemente a una crisis vital, al cuestionamiento perpetuo de su pureza y a la eliminación o rescate de elementos que ganan o pierden utilidad y vigencia, sumando o desechando palabras que provienen de los idiomas donde se produce ciencia y tecnología. O sea, desde donde se dictan las reglas del juego planetario. Hablamos de sociedades alfabetizadas, aunque no lectoras necesariamente, pero nos referimos a naciones donde la lengua, el conocimiento del idioma es fundamental para adquirir un sentido de pertenencia y de identidad. La educación concentra, en buena medida, su principio en la lengua, en la escritura correcta del idioma. Aún hoy, las sociedades con poco desarrollo escritural no pueden comprender que la lectura no es la panacea o la llave de sus problemas, sino justamente lo contrario, el conocimiento o reconocimiento de todos sus problemas, la toma de conciencia de sí mismos, de los difíciles caminos para hallar las soluciones.

Para mí, como escritor y gestor cultural, la lectura pasa por la decisión, por la capacidad de elección, por el libre albedrío. Ese punto justamente que planteaba Engels como máxima aspiración del hombre libre, del hombre nuevo, esa pequeña fisura por donde hicieron agua las sociedades del socialismo real y por donde se continuarán ahogando todas las dictaduras y totalitarismos del mundo, sea cual fuere su ideología. La lectura del ciudadano que se responsabiliza no sólo de lo que lee, sino de lo que elige para ser gobernado, de la lectura que demanda la escritura como instrumento de legítima defensa. La escritura de la ciudadanía, de la comunidad, del individuo.

Estoy convencido de que los libros no sólo no desaparecerán a escasos 500 años de su aparición (en la versión de Guttenberg), sino que habrán de proliferar y multiplicarse con mayor libertad, aunque quizás ya no en los formatos tangibles del papel y con atributos de interacción como los imaginaba Isaac Asimov en su cuento "Nos divertíamos tanto", en donde un niño del futuro descubre un ejemplar arqueológico llamado libro en el que las letras permanecen fijas y las páginas deben moverse con el dedo, además de que es necesario a veces un maestro para entender sus contenidos y para que dé respuestas a las inquietudes y preguntas que provocan. Un artefacto que genera interrogantes, pero no tiene la posibilidad de responderlos si no es con la presencia de otros libros.

Por mí no pasa el temor a la televisión y a internet como fuerzas opositoras a la lectura, sino como recursos complementarios de ésta.


El problema, entonces, no es el poder de seducción de los mass media, sino sus contenidos, la trivialidad, la vacuidad con que llenan el tiempo de las personas. Pero eso mismo puede decirse de esa producción bibliográfica y de prensa que ofrecen soluciones y placer en las respuestas para superar nuestras angustias, nuestras zozobras.

La superación personal y la información sobre la vida de los famosos también hacen un país de lectores (como sucede en la España de la bonanza). Eso no puede negarse. Pero insisto en La gastritis de Platón; la lectura que se desprende de un ejercicio intelectual, sea científico, reflexivo o de ficción, debe poner al lector en crisis, al menos para buscar una palabra en el diccionario. Hay muchos libros que no obligan a la lectura, pues su abundancia de imágenes tampoco exige la relación con un lector y basta con un hojeador para que se cumpla el acto placentero y no dinámico de una supuesta lectura.

¿Leer entonces para qué? Si no se piensa con sinceridad en el ciudadano capaz de elegir su porvenir, sus lecturas, en el individuo dispuesto a apagar la televisión cuando un informador lo desinforma en un telediario, donde éste es inquisidor y juez y no transmisor neutral de la noticia. Leer para qué, en una sociedad concebida aún como el buen salvaje, sin culpas y sin complicidades en un sistema profundo donde la corrupción es cultura y donde los programas de fomento a la lectura son demagogia pura y acciones efectistas, vanidad de quienes sin leer pretenden hacer que los demás lean. ¿Leer para qué?, le pregunto a mi hijo de siete años y me responde: "para saber del mundo". Esta es quizás la respuesta más sincera y la más sabia, porque después de conocer la realidad intentaremos cambiarla, y no será precisamente algo sensato ni placentero, sobre todo para aquellos jefes de Estado que aconsejan a sus gobernados no leer periódicos para no entrar en crisis. A propósito, ¿por qué callan los intelectuales?




Réquiem por la televisión

Confieso cargado de resignación que me aburre soberanamente la contemplación del desparpajo televisivo, agridulce penitencia que adereza mi regreso al pupitre de tortura tras unas vacaciones que pasaron a la velocidad y temperatura del rayo.

Los platós se han llenado de cantamañanas, vividores, lechuzos siniestros e integrales gilipollas. Urge que el protocolo de Kyoto tenga en cuenta la salud medioambiental de los televidentes. Cada verano el fuego de la memez impulsiva y colectiva arrasa miles de hectáreas neuronales. La televisión aviva las llamas, en una nueva y absurda muestra de decadencia. La profesión periodística se abrasa. Lo dice Saramago, pero no le hacen caso ni los dioses menores del politeísmo trasnochado de las cadenas. Sardá inventa, registra las patentes del bochorno, de los subtítulos en la traducción alternativa de la barbarie, pero el resto de catedráticos del medio recicla los conceptos y los vómitos, y los vuelve a poner en antena sin mayores pretensiones que las de hacer caja. Esta temporada, como en las anteriores, se llevan en la pasarela los tonos zafios y el culto a la mentecatez. No sé cómo acabará todo esto, pero lo intuyo. Me tapo la nariz y lo intuyo.

Esta televisión se está condenando ella sola. En realidad, algo tienen que ver los directivos y esos seudo profesionales calabaceros que se llenan los bolsillos mientras los becarios persiguen sudando la gota gorda y haciendo el panoli, micrófono en ristre, a esa gente considerada famosa de la noche a la mañana. Se crean dioses como churros, con estúpida docilidad y una perversión sin límites; se adoran becerros de estropajo y cartón; se encumbra a chulos, iletrados, palurdos, golfillas en conserva y lameculos, de los que resulta ciertamente dudoso pensar que sean Homo Sapiens (es posible que ni siquiera pasen por Australopitecus).

Mi charcutero está a un paso de convertirse en concursante de la sexta edición de Gran Hermano, ese espacio del que chupan la sangre la mitad de los programas de Telecinco, incluido el del sumo pontífice sardiano. Expectante y algo encorajinado asegura que con un poquito de suerte, en breve, puede que la mortadela la tenga que cortar el señor padre del encargado del súper. âCrónicas marcianas, un par de escándalos y ¡zas!, la vida solucionadaâ?, se sincera con la clientela, mientras mueve un gran cuchillo con esas trazas de D´Artagnan en prácticas. Menudo cambio le espera: dejar la charcutería por la casquería amoral, detrás de otro mostrador en el que se apiñan cefalópodos y crustáceos cuyo único mérito consiste en aceptar los montajes y disparates que les ofrecen las revistas y programas de turno.

âMe ponga cuarto y mitad de choppedâ?, reclama una señora sudorosa tras el mostrador. Puede que sean las últimas rodajas que sirve este charcutero. Con una pizca de fortuna y el visto bueno de los parasicólogos encargados del cásting, no tardará en codearse con Antonio David Flores, Lecquio y otros ensoberbecidos nuevos ricos. Todo parece indicar que tienen todavía muchos millones que ganar: no es previsible que nadie tire de la cadena.


Para escribir al autor: Marat_44 ARROBA yahoo.es



http://www.javierortiz.net/Telemarat/telemarat85.htm






Actividades para sustituir la TV

En el Estado español se consume un promedio de 3 ½ h de TV por persona y día. ¿Qué sucedería si en lugar de estar frente al televisor invirtiéramos nuestro tiempo en otras cosas?

Aquí van más de 70 propuestas para todos los gustos en las que podemos emplear esas horas que actualmente pasamos delante de la caja tonta.
1. Aprende a tocar un instrumento musical.
2. Ve a conciertos.
3. Visita una biblioteca pública.
4. Escucha la radio.
5. Escribe un artículo o un relato.
6. Pinta un cuadro, un mural o un cuarto.
7. Aprende sobre los árboles y flores nativas de tu zona.
8. Planta algo.
9. Ve a nadar.
10. Lee un libro.
11. Lee a otra persona.
12. Planea una salida al monte.
13. Ve a observar aves. Aprende los nombre de los aves locales.
14. Arregla algo.
15. Visita tu ciudad.
16. Escribe una carta a un amig@ o pariente.
17. Aprende a hacer pan.
18. Aprende a hacer mermeladas.
19. Prepara licores caseros.
20. Goza de un momento de silencio.
21. Hazte miembro de un coro. Canta.
22. Revisa tu armario y la ropa que no uses llévala a la parroquia de tu barrio.
23. Comienza un diario.
24. Ve a un museo.
25. Juega a las cartas.
26. Visita una librería de viejo.
27. Haz algún objeto de artesanía para regalar.
28. Observa el cielo por la noche usando binoculares.Observa la luna.
29. Aprende sobre una cultura diferente.
30. Toma fotografías.
31. Organiza tus fotos.
32. Asiste a una obra de teatro.
33. Incorpórate a un grupo de teatro para aficionad@s.
34. Haz ejercicios físicos.
35. Repara o renueva un mueble.
36. Lee poesía. Intenta aprender de memoria aquellos poemas que más te gusten.
37. Ve a bailar.
38. Mira el atardecer o la salida del sol con un amigo o amiga.
39. Ve al cine.
40. Reúnete con amigas y amigos para comentar un libro que hayan leído todos.
41. Organiza una tertulia.
42. Cambia las macetas de las plantas a las que le haga falta.
43. Intenta cultivar en macetas plantas aromáticas y medicinales.
44. Escucha música.
45. Conoce el centro cultural de tu barrio e implícate en alguna de sus actividades.
46. Participa de las actividades del Centro Social Ecologista.
47. Prepara un dossier de prensa sobre algún tema que te interesa.
48. Aprende un idioma.
49. Reutiliza el aceite de cocinar usa: haz tu propio jabón.
50. Localiza en tu barrio tiendas de comercio justo, de segunda mano y de comercio tradicional.
51. Haz un balance de tus gastos superfluos.
52. Visita exposiciones.
53. Aprende las propiedades de las plantas medicinales.Prueba a utilizarlas.
54. Confecciona un botiquín alternativo con remedios caseros y plantas.
55. Practica el sexo (seguro).
56. Aprende a reparar tu propia ropa.
57. Lee el periódico.
58. Disfruta de momentos de no hacer nada.
59. Planifica tu dieta: organiza un menú equilibrado.
60. Pasea por el parque.
61. Ordena tu biblioteca.
62. Intercambia libros y música con tus amig@s.
63. Estudia alguna materia que te llame la atención.
64. Practica un deporte en equipo.
65. Estudia cómo reducir el gasto energético en tu casa. Llévalo a la práctica.
66. Participa activamente en organizaciones que defienden los derechos sociales frente al sistema.
67. Visita la filmoteca.
68. Visita la hemeroteca.
69. Incorpórate a un Grupo Autogestionado de Consumo o crea uno nuevo.
70. Asiste a algún acto público tipo conferencia, mesa redonda, charla-debate, tertulia.
71. Más todo lo que tenga cabida en tu imaginación.




Algunos datos sobre la TV


⢠Estudios norteamericanos revelan que los padres consiguen hablar con sus hijos una media de 40 minutos semanales mientras que éstos dedican 1.680 minutos a ver la televisión. Como consecuencia el 54% de los niños prefieren la TV aunque no los cuide ni alimente.
⢠En secundaria, los jóvenes norteamericanos pasan 900 horas en la escuela frente a las 1.500 que se sientan frente al televisor.
⢠El número de asesinatos que ha visto un niño cuando acaba la primaria es de 8.000. A los 18 años la contemplación de actos violentos ha ascendido a 200.000.
⢠Teniendo en cuenta la vida entera de una persona, la televisión puede ocupar entre 12 y 15 años de su tiempo vital.
⢠Una encuesta realizada entre jóvenes españoles de 15 a 29 años concluía que la tele es el tercer artículo más importante en sus vidas, después de la casa y el coche.
⢠España y Portugal son los países de Europa donde más televisión se ve acercándose a las 4 h/día de los norteamericanos.


http://www.ecologistasenaccion.org/inicio.php3





CERCLE OBERT (01/10/2004)
Fuente/Autor: JOSÃ Ã?NGEL LEYVA (LA JORNADA) - JAVIER ORTIZ - ECOLOGISTAS EN ACCIÃN


http://www.iberica2000.org/Es/Articulo.asp?Id=1795
Mira també:
http://www.iberica2000.org/Es/Articulo.asp?Id=1795
http://www.nuncamas.net/

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Comentaris

Re: Razones para seguir leyendo y algunos consejos para sustituir a la TV
01 oct 2004
Ya está bien, pedazo de plasta!

Tú serías de ésos que hace algunos siglos prohibían la lectura de libros.

Hoy dices que no hay que ver la tele (aunque la lectura de tus textos es bastante más lamentable (por pedante, cursi y relamido) que el peor programa de la telebasura.

El caso es decirnos lo que tenemos y no tenemos que hacer.

Tienes vocación de cura, ams. O de algo peor.

Como dijo Hendrix: "primero encuéntrate a ti mismo, y luego..."
Re: Razones para seguir leyendo y algunos consejos para sustituir a la TV
01 oct 2004
Reaccionarios, derechistas y curas disfrazados de buenistas... qué bodrio más enorme y qué olor a rancio, a sacristía y a sotanas viejas.
Sindicat