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Anunci :: criminalització i repressió
Nuestro corazón prisionero
10 set 2004
Vivimos en un país con el corazón violentamente separado del cuerpo. ¡Qué paradoja que una nación viva y pujan-te tenga su energía vital, separada de su tierra!

Corazón refugiado, perseguido, represaliado, recluido-corazón prisionero entre rejas de metal o rejas de sombras.

Nuestro corazón prisionero, ése cuyo palpitar maltratado tantas veces nos ha tenido que sacudir para arrebatarnos de los brazos del letargo, no nos pide nada pero todo nos lo da. Nuestro corazón prisionero es el órgano más indefenso de nuestra nación y sin embargo, de él es de donde están brotando durante décadas hermosos ejemplares de entrega por su país; como una inagotable fuente de dignidad.

Allá donde se encuentre un prisionero, un perseguido, hay un pedazo indefenso de Euskal Herria, que está siendo atacado. Y por ello, es un deber ineludible de todo abertzale, de todo demócrata, estar, cuando menos, a la misma altura de dignidad y valentía que cada día demuestran nuestros pedazos de corazón prisionero. Donde se halle un prisionero vasco es toda Euskal Herria la que está siendo maltratada, porque cada uno de ellos es un punto de nuestro propio horizonte común.

Hace algunos años un prisionero escribía que los estrategas de la política penitenciaria pensaron que lanzando al colectivo contra el suelo el impacto dispersaría sus pedazos «y cada uno de ellos se iría marchitando hasta rendirse o morir», pero se encontraron con que el colectivo es un espejo y «cada trocito disperso de ese espejo roto se convertía en un nuevo espejo», en una nueva bandera de Euskal Herria; ese es nuestro corazón prisionero, con el que tenemos una deuda pendiente que debemos afrontar con toda la energía y sin dilación .

En ocasiones da la sensación de que nuestro compromiso con los prisioneros se mece en opor-tunas aguas de la coyuntura, de la comodidad moral y que únicamente se manifiesta con auténtico sentimiento y rabia cuando ocurre alguna desgracia irreparable, cuando ya es tarde.

Cada fin de semana son más de 2.000 personas las que se lanzan a la carretera con destino a las diferentes cárceles. ¿Esta rutina amodorra tanto el sentimiento que sólo los accidentes nos hacen despertar?

Los responsables penitenciarios odian tanto la solidaridad que les limitan las llamadas, las visitas; y nosotros lo asu- mimos con naturalidad mientras ellos, muros adentro, se ven obligados a pelear por nuestras visitas. Y otro tanto con la correspondencia, los periódicos, los aislamientos, los abusos, las palizas...

Son siempre los prisioneros los que nos van desbrozando el camino, quienes nos abren los ojos frente a realidades opacas. ¿No es acaso una paradoja que sean precisamente aquellos a quienes les niegan la luz los que nos la aportan?

Miremos a nuestro alrededor: el día puede estar agradable o desagradable pero es nuestro día, vemos rostros amigos, nos tomamos algo, quedamos para la tarde, preparamos el fin de semana... mientras las telara- ñas de la grata normalidad nos abrazan, otros recorren infinitas veces las cuatro o cinco pasos de su celda soñando con ese día en el que vean el rostro amigo que tenemos ahora al lado, se tomen algo con nosotros, queden para la tarde...

¿Qué nos sucede? ¿Hemos perdido sensibilidad? ¿Nos hemos acostumbrado a tener nuestro corazón prisionero y ya no nos encoleriza las entrañas? Joseba Sarrionandia escribió unos versos en los que se pre- guntaba si merece dar la vida por quienes sólo aman el disfrute y la buena comida. Y es que a veces parece que únicamente lo irreparable nos hace hervir la sangre y mueve la conciencia haciéndonos reaccionar.

En julio supimos de la muerte de Oihane Errazkin en una miserable celda francesa y se nos reventó el alma. Una nueva sacudida a las conciencias adormecidas. Pensamos en la muerte como en ese punto de no retorno que nos asusta, pero habría que reflexionar seriamente sobre las circunstancias que hacen que una joven llena de vida, que tomó el camino más comprometido y duro de la lucha por Euskal Herria y la libertad, llegue al extremo de renunciar a soñar y poner fin a su existencia. ¡Cuánto le habrán pisoteado los sueños para abandonarlos!

Cuánto escupen sobre nuestro corazón y qué poco mordemos. La muerte de Oihane, el trágico fin de su juventud generosa, debería hacernos reflexionar sobre lo que está ocurriendo en el interior de las cárceles, donde la vascofobia franco-hispana se ceba contra sus rehenes políticos hasta el extremo.

Nuestro corazón prisionero siempre sonríe cuando nos mira tras el mugriento cristal del locutorio porque en su sangre rebosante de generosidad no hay lugar para el victimismo. Vamos a visitarlos y son ellos, quienes no tienen más que muros frente a sus ventanas, los que nos insuflan una vitalidad desconcertante. Pero tras la visita retornan al aislamiento mientras nosotros volvemos a casa. ¿Es eso todo lo que está en nuestra mano para hacer que se respeten sus derechos como prisioneros políticos? Seguro que podemos hacer más.

En el respeto escrupuloso a los derechos humanos no hay lugar para tibiezas ni para actitudes acomodaticias. Hay ya demasiado hipócrita pululando por Euskal Herria que proclamándose apóstol de los derechos humanos condiciona su defensa a que se den determinadas condiciones.

Que nadie se engañe: quien condiciona la defensa de los derechos humanos a un marco determinado o a unas personas es un hipócrita. Los derechos humanos son universales, como tal su defensa, o lo es para todos y en todo caso, o no pasará de coartada moral para la cobertura de escondidos intereses.

Por eso resulta interesante observar a quienes desde púlpitos presuntamente «pacifistas» nos anuncian día tras día que cuando cese la lucha armada será el momento de implicar de lleno en la defensa de los derechos de los prisioneros políticos. Es evidente que para ellos los derechos son defendibles dependiendo del cuándo y quién es el afectado, la víctima. ¿Hay algo que les retrate mejor que su propia foto?

Así, la defensa de los derechos humanos, la vida misma se convierte en mercadería política. Ni todas las vidas parecen valer lo mismo ni todas las libertades. A los «políticos profesionales» les conmueve más la quema de un contenedor de basura que la vida y dignidad de un prisionero político. Es triste vivir en un país cuyos dirigentes políticos expresan más conmoción y dolor por un recipiente de basura que por la vida humana. Y más triste aún que se envíe a la policía nativa a delatar y entregar a España a ciudadanos vascos, agredir y humillar a los familiares de la militante caída.

Está claro quiénes son los que mantienen alejado de su país nuestro corazón prisionero, pero no podemos olvidar que ello contó con la colaboración necesaria del PNV. Unos y otros buscan una situación de normalidad ficticia desde la cual poder mercadear con la situación de sus rehenes políticos. La «normalidad» de los últimos meses ha llevado a las cárceles una generalizada regresión de grados, mayores restricciones, endurecimiento de las condiciones de vida, más alejamientos... ¿Es esto normalización?

Dejémonos ya de hacer castillos en el aire, de esperar expresiones positivas de ese «nuevo talante», de confiar en lenguas vascas de doble filo. Ninguno de ellos nos va a traer los prisioneros. Debemos ser nosotros quienes les obliguemos a hacerlo: primero a Euskal Herria y luego a casa.

Desde las prisiones nunca nos piden nada. Son siempre ellos quienes abren los caminos. Ya basta. Eso debe cambiar radicalmente. Tenemos el deber ineludible de hacer que se respeten sus derechos por encima de todo; les necesitamos aquí con nosotros.

Y si es imprescindible sacar su reivindicación a las calles vascas, también lo es llevarles Euskal Herria allá donde estén. Debemos acudir a visitarles, escribirles, que los responsables carcelarios no puedan dominar la marca de solidaridad. Y tampoco podemos olvidarnos de sus familias, que son quienes verdaderamente tienen el corazón arrancado; ellos tampoco piden nunca nada, pero es nuestra obligación arroparles con nuestro abrazo.

No valen las palabras; el compromiso y la solidaridad con los prisioneros políticos deben de ser ya la marea más viva de nuestra nación emergente. Son los mejores, ¿estamos nosotros a su altura?

P.D. Un abrazo a la familia de Oihane, a sus amigos y compañeros.

Joxemari Olarra Guridi

Diari Gara, divendres 10 de setembre de 2004
www.euskalherria.com

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