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Fatal represion:La patrulla del Sahara contra la inmigracion.
26 ago 2004
âNo somos animales, no hemos robado, ni cometido ningún delito. Sólo somos clandestinos. Nos dan un trozo de pan al día, nos pegan, nos maltratan, no nos dejan lavarnosâ?, Se castiga la pobreza??
Alas cuatro en punto de la tarde las 86 personas y una veintena de vehículos que integrarán la patrulla que recorrerá el territorio, se reúnen en la sede de la Gendarmería Real de Foum el Wad, a unos 15 kilómetros al este de El Aaiún (la capital administrativa del Sahara Occidental).

El capitán que dirige la operación, joven pero experimentado, explica que cubre esta ruta tres veces por semana. Lleva tres años en la zona e intenta comprender y atajar este fenómeno que en el Sahara Occidental adquiere dimensiones preocupantes. A la extensión del territorio âmás de 144.000 kilómetros cuadrados y los 600 kilómetros de costaâ, se suma la escasez de poblaciones y la dureza de un desierto con dunas de hasta 20 metros de altura y traicioneras sebjas (explanadas con una espesa vegetación de matorrales y pinchos bajo los que se ocultan los inmigrantes y las pateras). Los efectivos patrullarán la costa durante la tarde y las primeras horas de la noche. âHay algunos informadores, como pescadores que nos explican si detectan algo extrañoâ?, relata poco después de comenzar la operación, en la que se demostrará que con los medios de la Gendarmería y las Fuerzas Auxiliares es imposible controlar el territorio.

El alarmante aumento de inmigrantes clandestinos que, al contrario de lo que ocurría hace cinco años, ahora no se atreven a entrar en El Aaiún para esperar mientras se prepara el viaje, ha hecho que el Ministerio de Pesca haya regulado de modo exhaustivo las embarcaciones que pueden faenar en el Atlántico. âEs difícil pasar inadvertido. Según el lugar donde obtengan la licencia, cada barca es de un color. Cada año deben renovar los papeles y si se detecta que se dedican a la inmigración clandestina, se les retira de por vida el derecho a la pescaâ?, explica ante una playa desértica salpicada de algún barco encallado o humildes viviendas de pescadores.

Empieza a caer la noche. Los gendarmes se detenienen en la pulcra y modesta casa de un colaborador habitual para tomar té. âAhora es difícil detectarles. Las mafias tienen las últimas tecnologías para comunicarse. Los que esconden a los inmigrantes conocen bien el desierto, saben cómo un viento determinado varía las dunas y los caminosâ?, explica un miembro de la operación.

El pescador se muestra sorprendido cuando sus invitados le cuentan el auge del tráfico de asiáticos. âPagan unos 10.000 dólares por todo el viaje, desde Bangladesh hasta Canarias. Los de Cachemira rodean el continente africano en barcos durante dos meses. Y los de Nueva Delhi viajan en avión a Dubai (Emiratos Ã?rabes), donde hacen escala para ir a Adis Abeba y de ahí a Bamako para cruzar por Mauritania en barco o por Argelia a pieâ?, explica el capitán ante el gesto de desaprobación y lástima de los pescadores.

Pasan las horas. La caravana compuesta por cuatro jeeps Rangler y dos Land Rover se detiene junto a uno de los puestos permanentes de las Fuerzas Auxiliares en pleno desierto. Los autóctonos preparan el té mientras comparten la comida preparada en cajas de cartón que más tarde ofrecerán a los subsaharianos detenidos en la redada. Conducen despacio, de vez en cuando se detienen, apagan las luces y esperan en silencio. âHay que despistarâ?, comenta el jefe de las Fuerzas Auxiliares, dependientes del Ministerio de Interior, âse mueven sin luces, se esconden tras las dunas y hacen la operación de salida en pocos minutosâ?.

Cuando encuentran un lugar resguardado para dejar los vehículos, los gendarmes suben por la cresta de la duna para hacer un barrido con los prismáticos con visión nocturna. Pasadas las dos de la mañana se abandona la costa para intentar detectar los 4x4 en los que los inmigrantes y las pateras recién pintadas de gris intentan acceder al océano. En torno a las siete de la mañana, los efectivos se reúnen de nuevo en Foum el Wad. Desde Doura (unos 30 kilómetros al nordeste de El Aaiún) informan de que han localizado tres pateras, dos motores y en los escondites, a dos subsaharianos exhaustos.

Al momento, la patrulla se dirige al sebja donde arden las tres embarcaciones y las improvisadas cabañas en las que los inmigrantes se ocultaban durante el día y de las que salían por la noche para ayudar a construir la patera que les llevaría a Canarias. Son habitáculos tan bajos que sólo se puede acceder en cuclillas. En el interior, en su apresurada partida, han abandonado zapatos, cinturones y valiosas libretas con los teléfonos de familiares y amigos en España.

Las Fuerzas Auxiliares recorren el lugar, siguen las huellas hasta hallar las del coche que se los llevó a otro lugar del desierto. De repente, uno de ellos emite sonidos de alarma al localizar a un senegalés. Le obliga a salir, le interrogan y le suben a uno de los coches. Durante las siguientes ocho horas recorren los escondites habituales, el tramo seco del río Saguia Al Hamra, para intentar detectar al grupo de unos 60 inmigrantes. Los efectivos se dividen y al final de la tarde han detenido a 15. Pocas horas después, son trasladados al centro de detención de El Aaiún. Allí pasarán una media de 10 días antes de ser deportados a Argelia. âAlgunos han pasado ya cuatro veces por aquí. Cada detención y traslado a Uxda para expulsarles en la frontera argelina nos cuesta 20 eurosâ?, asegura un agente de la policía nacional.

Pero los inmigrantes, hacinados en el centro, saliendo por turnos a un pequeño patio, sufriendo el olor de la habitación donde están obligados a hacer sus necesidades y del basurero que existe en una de las habitaciones, reflexionan sobre su suerte y exigen a los policías un trato humano.

âNo somos animales, no hemos robado, ni cometido ningún delito. Sólo somos clandestinos. Nos dan un trozo de pan al día, nos pegan, nos maltratan, no nos dejan lavarnosâ?, argumenta Sitaf, un senegalés de 34 años que no volverá a intentar emigrar clandestinamente. A su alrededor todos le secundan. Subsaharianos y asiáticos están desesperados. Muestran las picaduras de pulgas y garrapatas, los lugares en los que pasan horas, días, sin dejar de pensar que estaban muy cerca, a punto de conseguirlo.

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