Imprès des de Indymedia Barcelona : http://barcelona.indymedia.org/
Independent Media Center
Calendari
«Juliol»
Dll Dm Dc Dj Dv Ds Dg
          01 02
03 04 05 06 07 08 09
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
31            

Accions per a Avui
Tot el dia

afegeix una acció


Media Centers
This site
made manifest by
dadaIMC software

Envia per correu-e aquest* Article
Notícies :: @rtivisme
La suerte de los artistas
20 ago 2004
La suerte de los artistas

Jaime Richart


En un artículo en El País de hace unos días que titula âLa cultura adormi­deraâ?, Vargas Llosa propone una teoría pere­grina sobre la suerte que en la sociedad debe correr el ar­tista y su obra. Casi pro­duce escalofríos...



Yo le diré de momento a este inquieto activista que en el mundo, a diferencia de lo que predica él, somos muchos más de lo que algunos pien­san y de­sean que, con tal de que todo el mundo coma y tenga una existencia digna, pre­feriría­mos un régimen estatalista aun­que tuviésemos que extirparnos las libertades formales de un tajo. Ya nos ocupa­ríamos luego de ir reconquistándolas poco a poco. China, a la que, por su posición geopolítica los ener­gúmenos de Oc­cidente no han tenido más remedio que res­petar a la fuerza, es un buen ejemplo de colecti­vismo en progresivo desarro­llo. Está alcanzando al otro coloso en todo...




Pero por el momento nos movemos en un régimen articu­lado bajo economía mixta. Nos movemos y nos mo­veremos, por lo menos hasta que Vargas Llosa y sus co­le­gas del fas­cio no se apropien de lo poco comunal que nos van de­jando. Porque lo cierto es que si en el planeta vivimos pasa­bla­mente dos mil millones y unos cuantos millones en la opulencia, cuatro mil millones se las ven y se las desean para sobrevivir. Es un fenómeno económico sujeto a la fí­sica: el dinero y la riqueza, abandonados a su natural des­envolvi­miento, tienden a concentrarse irrefragablemente.




Pero, como digo, todavía rige la economía mixta en Eu­ropa. Y regirá hasta que, repito, ellos, me­diante las armas y las malas artes consi­gan privatizarlo todo; es decir hasta que el proceso de con­centración pri­vada se consume de manera que todos los bienes de producción vayan a parar a menos manos aún de las pocas en que ya están. Y en ese momento odioso ellas, y sólo ellas, serán las dueñas del des­tino de la huma­nidad. Eso es lo que nos proponen Var­gas Llosa y su neolibera­lismo militante. Ahora nos traslada su idea también al Arte.




Para defender al neocapitalismo salvaje no era pre­ciso lle­var la polémica político social al ámbito de la creati­vi­dad. Deje Vargas Llosa al menos a ésta en paz para que pros­pere. Dispara desde todos los ángulos. Antes, en otro artí­culo, hablaba de la excepción cultural. Llama él excep­ción cultural a las cultu­ras minoritarias, por oposi­ción a la cultura anglosajona e his­pana, por ejemplo. No se sabe si consi­dera así también a la francesa, a la alemana o a la rusa. Dada su insolencia y nulo respeto por lo singular, habría que preguntárselo. Pero lo cierto es que, artículo tras artículo, va cerrando el círculo de la per­versión que existe en toda pro­puesta que signifique excluir de auxilio a los más débiles en esta jun­gla llamada âlibre competenciaâ?.




En esta ocasión Vargas nos trae la expresión "arte ador­midera", empleada, según él, por el poeta surrealista pe­ruano César Moro. La desempolva para aplicarla a la inspi­ración que, en su opinión, se ve coar­tada por la tutela eventualmente prestada por el Estado. Inspiración que por la sumi­sión que el tutelado debe a los gobiernos, ve prosti­tuída y menguada. Es decir, Vargas Llosa no quiere protec­cio­nismos, ni ayudas para nada. Tampoco para el arte y los ar­tistas. Ya se encar­gará, dice, cada artista de encontrar a su propio mece­nas... Esta es la pro­puesta de Vargas en po­cas pa­labras. Tan respetable como odiosa. Tan odiosa como mezquina...




Como Vargas Llosa ha debido colmar otras aspiraciones, al igual que el otro pseudointelectual comprometido penin­sular, Savater, ahora se dedica, como éste, a la agitación social. No quiere que se ayude al artista fuera de los reco­vecos in­ter­personales de la sociedad de consumo y de in­fluencia, fiando exclusi­vamente a la generosidad de los de­más el pro­greso del arte y de los artistas. Mejor di­cho, es­pera que o los que ven negocio o los genero­sos del mundo les ayuden, como la Iglesia Católica confía en que el ham­bre desaparezca cono­ciendo perfectamente el egoismo congénito del opu­lento. En defini­tiva, Vargas no quiere que sea el Estado quien se ocupe de ayudar a la cultura. No quiere que Estado libere a la cul­tura de las garras de la contra­cul­tura. Quiere que sea la pro­pia so­ciedad, por generación espontánea, y su maremagnum quien la salven; una sociedad, para colmo en plena ci­vi­liza­ción y que por el camino que lleva, va sin remedio hacia la contra­cul­tura total, esto es, la barba­rie...

Tratándose de un neoliberal con­victo y confeso, podemos asegurar que Vargas hace esta oferta porque, en la medida que le hagamos alguna concesión podrá respondernos luego: ¿no véis?, pues lo mismo es para todo. Si bueno es para las artes y el pensamiento de­jarlos a las fricciones del mercado, ¿por qué no ha de serlo para el tráfico de bienes materiales y el desenvol­vi­miento de la socie­dad toda? Var­gas Llosa viene decidido a consagrar por su cuenta y desde su púlpito el capitalismo salvaje; al que, como todos los teó­ricos neoliberales, no pone más brida que los có­digos pena­les. Códigos, por cierto y como todo el mundo sabemos, hechos a la medida del sis­tema y sobre todo en provecho de la clase actualmente domi­nante: la plutocracia.

Pero Vargas no repara en que tenemos hoy día una ven-taja, y es que sabemos perfectamente lo que ocurre en el li-bre mercado, tanto en cuanto al trasunto cultural como al material. Sabemos qué suerte depara a los ar­tistas que es­peran a que sea las condesas quienes les finan­cien o sufra­guen la promoción de sus obras, sus borradores, sus es­culturas o sus lienzos. Cita el caso de Buñuel a este propó­sito. Pero sabemos también la que depara al simple mortal que no dispone de padrinazgos, apoyos, ayudas e influen­cias.

Vargas debiera tener en cuenta tres cosas. La pri­mera es que la relativa y pequeña protección que el Estado del bien­estar (que ya empieza a debilitarse) puede prestar, no es tanto propiamente a los artistas como al arte y a la cultura en abs­tracto. Segundo, que el hecho de que el Estado dis­pense ayudas no quiere decir que quienes no las quieran para no tener que agradecerle nada ni sujetarse a condicio­nes ideológicas, no puedan buscarlas en los circuitos de marchantes, condesas, amiguetes y mercadillos, que es lo que Vargas propone. Y en tercer lugar que, con sub­vencio­nes o sin ellas, quien despunta o triunfa, en vida, si­gue siendo, como siempre, el destino, la moda y en función de âlo que vendeâ?, y no según el valor intrínseco de la obra de arte. Es decir, desgraciadamente, por motivos que tienen demasiado a menudo mucho más que ver con el azar y las circunstan­cias que con el mérito y categoría del arte pro­piamente dichos. Y por si fuera poco, ¿quién podrá contar hoy día con la ayuda de una condesa amante además del Arte? Hoy día, cuando, afortunada­mente, las condesas son especie animal a punto de extinguir...

Vargas Llosa dice: âNo estoy en contra de que escritores, músicos, bailarines, cineastas, es­cultores, pintores, reciban apoyos para salir adelante, pero, para ser eficaz y no coar­tar su libertad, esta ayuda debe ve­nir princi­palmente de la socie­dad civil y no de la burocracia, porque el Estado (que, en este caso, como en muchos otros, es in­distinguible de los gobier­nos), impone un precio que a la corta o a la larga tiene efec­tos perniciosos para la cultura y la salud cívica y moral de la sociedad en generalâ?. Menos mal que dice âprin­cipalmenteâ?, pues en este adverbio debiera ver su innecesario esfuerzo por de­bilitar la res publica. Pero es que además, si tanto le preocupan los efectos perniciosos y la salud cívica y moral de la sociedad ¿no le parece per­nicioso para la cultura y la salud cívica y moral de la so­ciedad en general que el adinerado rara vez lo sea con jus­ticia, pues si cumple escrupulosa­mente con las reglas de la salud cívica y moral, difícil y legí­tima­mente al­guien puede enriquecerse? Porque aquí se en­cuen­tra la clave de la con­troversia: ¿âmer­cado li­bre o colecti­vismoâ??.¿âanar­quía o liberalismoâ??. El libe­ralismo degenera, lo mismo que el anarquismo mal entendido termina en caos. Lo que sucede es que mientras que la anar­quía no ha te­nido todavía oca­sión de ensayarse en nuestras latitudes, el libera­lismo prueba constantemente su insania e injusticia intrínse­cas... Hace bien en mirar por la salud cívica y moral. Pero no podemos esperar que esa salud le preocupe en absoluto al sector privado. Las pruebas con incontables, pero bástenos fijarnos en la red televisiva y de los medios...

Convengamos en que el arte y la producción artística es otra mercancía más. ¿Es lícito someter al artista a la impe­riosa necesidad de ser también un buen marchante o de te­ner que po­nerse en manos de terceros para colocar su pro­ducto en el mer­cado?

Una cosa es defender la libre concurrencia intelectual y artística recomendando al Estado no extralimitarse en apo­yos y subvenciones institucionales al artista y al arte, y otra hacer caer el peso de la producción del arte en las ayu­das de condesas liquidando al mismo tiempo a las excep­ciones culturales como indignas de respeto y de apoyo.

Y todo porque Vargas Llosa es un fanático del capitalismo salvaje. Como sus compadres Bush, Aznar, etc.

Ya lo dije, pero voy a repetirlo. Suponemos que Vargas Llosa llama excepción cultural así a las culturas minoritarias y a las corrientes, hábitos y orientaciones que aspiran a convertirse en cultura nueva. Pero para hablar de excepción, es preciso señalar antes la norma. Y, que sepamos, aún no ha dicho Vargas Llosa cuál es esa norma a la que opone la excepción. Es muy tuno este Vargas. Me­diante elipsis, para no llevar la polé­mica a la línea de flota­ción so­ciopolítica,nos arrastra a su huerto. Nos hace co­mulgar, antes de debatir el asunto viejo de capitalismo-so­cialismo con sus neologismos y variantes conceptuales a cuestas, con la idea de que lo "normal" es el li­bre mercado -y espe­cialmente el neoliberalismo de los teó­ricos norteame­ricanos-, y la excepción todo lo que se le opone o estorba. Nos lo plantea así para reforzar, fingiendo preocupaciones literarias o artísticas, a los que inventaron la tesis de que la concurren­cia libre (falsamente libre en la práctica), llevada a sus últi­mas conse­cuencias y caiga quien caiga, es la mejor solu­ción para la porción de la humanidad ya de por sí privile­giada. Es decir, que eso, el capitalismo atroz, es lo que los que vivimos bien necesitamos para salir airosos frente a los que nos acosan psicológica y espiritualmente porque no tie­nen donde caerse muertos...




Si el mercado fuese verdaderamente libre, tal vez podría prestarse atención a su propuesta. Pero él sabe bien que no lo es. Es libre mientras alguien, algún poder asociado al po­der político, no se proponga monopolizar una mercan­cía. In­cluida, claro está, la producción artística o intelectual. Por otro lado, convendrá con nosotros que entre recibir ayu­das del Estado aunque éste exija una cierta gratitud y llamar a todas las puertas inútilmente mendigando ayuda para la presunta obra de arte, no hay más que ponerse en el lu­gar del artista y darle a elegir. La elección también forma parte del mercado. La economía mixta no obliga a nadie a aco­gerse a ayudas que puedan buscarse en otra parte. Por eso es una indecencia con­denar radicalmente al artista a los ini­ciales desprecios que debe sufrir hasta que alguien se de­cide a reconocer el potencial valor de su obra. Y mucho más no reservarle siquiera un re­ducto neutro e institucional donde acudir. Porque ¿qué hacen quienes no pueden soñar ni de lejos el trato no ya con con­desas sino simplemente con la clase media? ¿Quién servirá de puente y oirá siquiera a quien intenta que le lean su guión o su borrador o exa­mi­nen su lienzo, y esté luego además dispuesto a promocionar la obra?




No permitamos que nos desenfoque el asunto. Lo que im­porta es saber si queremos concurrencia salvaje, interven­cionismo salvaje, o si la solución está en lo que la sociedad ha pre­visto con sus leyes perteccionistas: una combi­nación de libertad, de estímulos y de res­tricciones dirigidos desde el Estado sub­sidiariamente. El Estado gestiona, el Estado cubre deficien­cias, el Estado nos ampara. El día que el Es­tado del bien­estar desaparezca, si no disponemos de una tarjeta de cré­dito no podremos siquiera aspirar no ya a que nos recojan en una cuneta, sino a que nos entierren...




Evitemos la trampa de Vargas Llosa que nos incita a dis­cutir según un planteamiento sesgado que va mucho más allá del asunto subvenciones sí, subvenciones no. Su cate­goría inte­lectual, y con mucho mayor motivo sociopolí­tica, no da la ta­lla, aunque tenga una tribuna fija en El País. Menos mal que Perú se libró de él. Toda su ima­ginación en materia social la consagra a su bienestar y al de su clase. Carece de concien­cia social. Es un muti­lado del espíritu. Si no, no defendería de manera tan indeco­rosa que el artista y el creador literario, a menudo retraídos, ten­gan que soportar tanto portazo de quienes se niegan a leer sus galeradas, ver su cuadro o su escultura o escuchar su música.

¡Alto ahí, Vargas Llosa! ¡De menudo tipo se libró Perú...!

This work is in the public domain

Ja no es poden afegir comentaris en aquest article.
Ya no se pueden añadir comentarios a este artículo.
Comments can not be added to this article any more