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Los Amigos de Durruti: último apoyo del mito de la "revolución española"
22 jul 2004
Los Amigos de Durruti:
último apoyo del mito de la ârevolución españolaâ?
Cada día que pasa, la guerra civil española va camino de convertirse, con el buen hacer ideologizador de la extrema izquierda burguesa y de las sectas izquierdistas que se han autoarrogado la salvaguarda de ese âcoto encantadoâ? de la historia, en una leyenda mitológica, llena de entuertos, de comprensión casi imposible para los no iniciados.
Si el común denominador de todas estas fuerzas reformistas y oportunistas es el misterio revelado de que la guerra de España de 1936-1939 constituyó, en realidad, una ârevolución españolaâ?, dichas organizaciones discrepan, en cambio, cuando delegan en sus respectivos teólogos para que diluciden los enigmas divinos que, a diferencia de todas las demás, encerraría su ârevolución españolaâ?.
¿Fue esa fabulosa ârevoluciónâ? «traicionada» o «desaprovechada»?, ¿se «cometieron errores» o «faltó» no se sabe qué milagroso partido, llovido del cielo, capaz de llevarla a cabo?, ¿escasearon las energías de las masas o algún redentor «programa», traído de París por la cigüeña, capaz de asegurar la ârevoluciónâ?? Ãstos son algunos de los interrogantes clásicos que atizan las polémicas hegelianas en este medio, fósil y endogámico, que se auxilia de la guerra de España a modo de la mascarilla de oxígeno que lo mantiene vivo.

* * *

Recientemente, al hilo de la última polémica que colea con motivo del libro La revolución traicionada de Miquel Amorós, el historiador filobordiguista y buen amigo del trotsquismo, y anarquismo heterodoxos que es Agustín Guillamón saltaba al ruedo de la misma con un artículo («Continuando el debate en torno al libro "La revolución traicionada" de Amorós»), difundido por la red, en el que insistía a favor de la tesis âcontradictoria en sí misma, pero aleccionadora acerca de las acrobacias teóricas y de los embrollos con ayuda de los cuales se sostiene ese sindicato de historiadores críticos con la «historia oficial»â (1) que afirma que en la España de 1936 «no puede hablarse de revolución, [â¦] sino en todo caso de una situación revolucionaria huérfana y desaprovechada» aunque âsiempre según Guillamónâ fuera «la derrota de la revolución la que hizo perder la guerra»â¦
Al margen del absurdo, evidente, que supone negar la existencia de la revolución para afirmar, al poco, que la derrota de ésta produjo la pérdida de la guerra, lo verdaderamente importante es sacar a la luz el motivo que justifica la salida a escena de Guillamón, autor, entre otros escritos de historia, de distintos cuadernos sobre los Amigos de Durruti. Veremos que el citado motivo, en realidad, no es otro que la defensa crítica del legado antifascista de éstos, dentro de la línea de la extrema izquierda burguesa de ayer y de hoy, dedicada, para el caso, bajo la dirección política del partido anarquista y del trotsquismo, a pregonar âen beneficio exclusivo de la masacre reaccionaria y fratricida del proletariado español y de la polarización internacional interimperialista entre democracia capitalista y fascismo, indispensable para la nueva guerra imperialista mundial, las excelencias de la pretendida «revolución española» y, en dicho cuadro, las supuestas virtudes ârevolucionariasâ? de esa fracción radical de la CNT-FAI (organización âno se olvideâ en el Gobierno de la España republicano-burguesa, hasta después de mayo de 1937) que, defendiendo, en todo momento, el frente militar antifascista de la democracia capitalista, constituyó dicha agrupación de los Amigos de Durruti, cuyos miembros âafiliados siempre a la central anarcosindicalistaâ, como el propio Guillamón reconoce, «no pudieron, ni siquiera pretendieron, convertirse en una âalternativa revolucionariaâ? a la CNT-FAI, con la que no sólo no rompieron nunca, sino a la que se aferraron organizativamente ante las pretensiones de expulsión de los comités superiores».
«Sólo pretendieron âprosigue nuestro historiador sin aclarar, o mejor dicho, avalando con su silencio lo que dicha pretensión tenía de subjetiva, de ideológica, de encubridora de la naturaleza y la práctica burguesas, reformista y antifascista, del partido anarquistaâ criticar la renuncia de los propios principios y la burocratización de esos comités superiores, para volver a encarrilar a la organización confederal sacándola de sus terribles contradicciones».

* * *

Recordemos, antes de proseguir con Guillamón, que los Amigos de Durruti cuajan como agrupación, en marzo de 1937 âmuchos de sus miembros se habían opuesto a los decretos de militarización de las milicias y provenían del frenteâ, al calor del descontento que cundía en el seno del proletariado a medida que avanzaba la guerra e iba siendo liquidado, tanto el movimiento de resistencia obrera como las concesiones arrancadas por éste y toleradas por el Estado capitalista tras el 19 de julio.
Los planteamientos críticos de la Agrupación ante la dirección de la CNT-FAI surgen, pues, en un contexto de calvario creciente para las masas proletarias de la España en guerra, tanto, en particular, en el frente antifascista como en la retaguardia. Mas, ¿cuál era el sentido objetivo de dichas críticas? ¿Quizás propiciar una línea de ruptura, una escisión, con la principal organización que, por la vía del antifascismo, mantenía atada a la clase explotada al frente militar burgués y a su Estado, a la renuncia a sus reivindicaciones mínimas, etc., o, por el contrario, tratar de convencer a la dirección cenetista acerca de la conveniencia de «modificar su política» al objeto de reforzar âvoluntades subjetivas aparteâ el flanco izquierdo de la CNT, ante nuevos y previsibles estallidos proletarios, destinados, en última instancia, a ser encuadrados por ella en el marco reaccionario de la República burguesa?
Demos la palabra a los propios Amigos de Durruti:

«[â¦] en la hora presente hemos de rectificar los errores cometidos en aras de la unidad confederal y anarquista».(2)

«No tuvimos el menor propósito de zaherir a organizaciones que nos son entrañablemente queridas. Al situarnos en la calle [mayo del 37] procuramos salvaguardar los intereses y postulados de la CNT y de la FAI.
Que nadie dude del propósito que nos informaba. Nunca hemos salido a la calle en contra de los ideales que nos son comunes y nunca atentaremos contra las organizaciones por las que hemos luchado siempre con marcado interés y harto cariño».(3)

«Los Amigos de Durruti [â¦] no desean polemizar con los dirigentes de las organizaciones que tarde o temprano habrán de volver a su cauce natural. No quieren, ni sabrían, ni podrían arremeter contra la CNT y la FAI. Eso sería envenenar las aguas de la fuente a la que todos hemos de acudir».(4)


La respuesta que nos dan salta, pues, a la vista. LA CRÃ?TICA DE LOS AMIGOS DE DURRUTI A LA CNT-FAI NO IBA, NI PRETENDÃ?A IR, EN MOMENTO ALGUNO, EN LA DIRECCIÃN DE FAVORECER UNA ESCISIÃN DE CLASE DENTRO DE LA CONFEDERACIÃN âhipótesis, por otra parte, fuera de lugar, habida cuenta que las escisiones proletarias o revolucionarias sólo se dan en el cuadro de un cambio en la naturaleza de clase de una organización, el cual ya había tenido lugar, en la CNT (por cierto, sin respuesta proletaria, de ningún tipo, de por medio), con motivo del abandono, voluntario y burocrático, de ésta de las filas revolucionarias de la Internacional Comunista (IC), tras el terrorismo antisoviético anarquista desatado, en Rusia, desde la primavera de 1918, la revuelta campesina de Néstor Makhno en Ucrania (1920-1921) y el levantamiento contrarrevolucionario de Cronstadt (1921) para incorporarse apresuradamente a la AIT anarquista, refundada en Berlin, en 1922 â, SINO QUE SE ORIENTABA CLARAMENTE, POR EL CONTRARIO, HACIA LA FORMACIÃN DE UNA FRACCIÃN DE IZQUIERDA EN EL INTERIOR DE LA BURGUESA CNT-FAI; fracción que los acontecimientos hicieron finalmente innecesaria , a raíz de la liquidación definitiva del movimiento de resistencia proletario en mayo de 1937.
Preguntarse por qué Guillamón âque hace tan sólo tres años afirmaba, con rotundidad, en sus trabajos que «Los Amigos de Durruti, [â¦] se constituyeron, en Cataluña, en una alternativa revolucionaria a los comités superiores (colaboracionistas) de la CNT-FAI.»â (5) ahora, sin sentirse obligado a explicar cómo ni por qué, sostiene todo lo contrario; esto es, que los Amigos de Durruti «no pudieron, ni siquiera pretendieron, convertirse en una âalternativa revolucionariaâ? a la CNT-FAI, con la que no sólo no rompieron nunca, sino a la que se aferraron organizativamente ante las pretensiones de expulsión de los comités superiores», es una cuestión que, desde luego, no carece de interés, pues no sólo nos habla de la veleidad teórica del conjunto de esa escuela de historiadores antifascistas críticos, de la que, con todos los merecimientos, Guillamón es un exponente destacado, sino, asimismo, de la doblez con la que estos señores se conducen frente al marxismo contemporáneo, al que ignoran públicamente para recoger, acto seguido, de forma subrepticia, las migajas que caen de su mesa. (6)

¿Qué conclusiones entresaca Guillamón de su afirmación, según la cual reconoce que los Amigos de Durruti «no pudieron» «ni pretendieron» «convertirse en una alternativa revolucionaria»? Ninguna, o peor aún, ¡justamente la contraria a lo que acaba de decirnos!, a saber, sigue afirmando, contra la abrumadora evidencia material, científica, expuesta por los marxistas, que «Los Amigos de Durruti lo que intentaron fue dar [al proletariado] unos objetivos revolucionarios concretos». ¿No es esto, acaso, tomar la fraseología, la ideología, lo que Balius y compañía pensaban de sí mismos, por la realidad objetiva? Por supuesto que lo es, por supuesto que es tomar la actividad, tan utópica como reaccionaria, a la que se entregaron, en todo momento, los Amigos de Durruti, de reforma de la burguesa CNT-FAI, con vistas a constituir una fracción de izquierda en su seno que, como hemos apuntado, la reforzara frente al descontento proletario, por una proeza ârevolucionariaâ?.
Ni en las barricadas de mayo del 37, en Barcelona, donde Balius y los suyos hicieron fracasar la posibilidad âplanteada espontáneamente por el proletariado, sin organización alguna que la sostuvieraâ de llamar, en auxilio de los obreros alzados, a algunas unidades del frente, mediante la maniobra democrático-burguesa de someter la decisión al⦠¡«refrendo de los sindicatos»!, ni a posteriori, CUANDO LOS AMIGOS DE DURRUTI PIDIERON PERDÃN PÃBLICAMENTE A LA CNT-FAI POR HABERLA ACUSADO DE «TRAIDORA» a causa del desarme que impuso a los obreros, aparece elemento objetivo alguno, en la acción de la Agrupación, que la sitúe en el campo proletario.
¡Y, pese a esta aplastante evidencia, Guillamón âllevado por el subjetivismo de quién, ignorando el abecé materialista, confía la suerte de sus tomas de posición a las proclamas, voluntades y testimonios de los actores históricosâ, concluye escuetamente âinformándonosâ?, como hemos visto, de que la Agrupación âfracasóâ? en el intento de «dar [al proletariado] unos objetivos revolucionarios concretos»!
Admitamos, por un instante, que tal cosa fuera cierta⦠¿No debiera tomarse la molestia, entonces, nuestro historiador antifascista crítico, de desvelar a los pobres mortales una razón fehaciente que explicara tamaño âfracasoâ??
Sí, pero tal cosa le supera totalmente. Su reino no es de este mundo, prosaico y material, en el que se desarrolla la lucha de clases entre proletarios y burgueses, en el que se ha desplegado y se despliega históricamente el movimiento real de emancipación de los explotados, el comunismo. ¡Nada de eso! Situado, por el contrario, en las antípodas de este âvulgarâ? plano de los hechos, nuestro historiador, como todos sus colegas y amigos, lejos de buscar la explicación de lo que verdaderamente ocurrió, corre, si no vuela âmarchando por las voluntaristas roderas hegelianas de las ideologías trotsquista y bordiguistaâ a achacar lo sucedido ¡a la ausencia, en la España de la guerra civil, de una idea, de «un programa revolucionario»! Su manual de bolsillo bordiguista heterodoxo le surte, así, de la respuesta todoterreno que, desde siempre, ha solucionado la papeleta al izquierdismo hegeliano de cara a eludir cualquier balance científico, marxista, de la lucha de clases. Faltó âtiene a bien decirnos, hacia el final de su artículo, Guillamónâ, «todo un programa revolucionario, cuyo primer punto es la destrucción del Estado». Una «situación revolucionaria» âGuillamón dixitâ sin «alternativa revolucionaria», sin «programa revolucionario» pero, en cambio, provista de quienes (los Amigos de Durruti) «intentaron» «dar [al proletariado] unos objetivos revolucionarios concretos» (¡!), que pasaban, claro está, por mantener en pie el frente militar antifascista bajo el mando de la República capitalistaâ¦; de tal manera se suma nuestro historiador antifascista crítico a esa grosera ruptura contranatura entre el elemento objetivo de la lucha de clases âla situaciónâ y el elemento subjetivo âla concienciaâ, que necesariamente, en no importa qué coordenada social, es generada por ésta, expresándola y, a la vez, contribuyendo al desarrollo de los acontecimientos. Pero no, no ocurre así en el mundo de las ideas de Guillamón. Si, para el trotsquismo ya burgués, las condiciones objetivas de la revolución pronto hará un siglo que «están maduras», dependiendo la realización de ésta tan sólo de la existencia de un âpartidoâ? y si para las sectas bordiguistas dicha revolución tendrá lugar cuando la clase se identifique azarosamente con el âpartidoâ?, el bueno de Guillamón se apunta al carro idealista, eso sí, tal como lo hace un intelectual diletante y no un militante político, vale decir, reivindicando, en lugar del âpartidoâ? que reivindican el reformismo trotsquista y el oportunismo bordiguista, la etérea idea, desencarnada de todo cuerpo material, de «un programa».
Esto, además, no es sólo valido, según Guillamón, para los Amigos de Durruti, sino también, por lo que se ve, ¡para el conjunto de la CNT-FAI!, puesto que, prosigue nuestro historiador, «fue la CNT-FAI quien, FALTA DE UNA TEOR�A REVOLUCIONARIA SOBRE EL PODER, engendró eficientes ministros y burócratas que ahogaron el impulso revolucionario de las masas cenetistas e intentaron transformar la CNT-FAI en una organización más del aparato estatal y republicano, PORQUE SE SOMETIERON AL GOBIERNO DE UNIDAD ANTIFASCISTA Y ADOPTARON EL PROGRAMA DE LA BURGUES�A REPUBLICANA».
¿En qué paran, en definitiva, esa âexplicaciónâ? subjetivista, suministrada por Guillamón, de la política activa de defensa del Estado capitalista, desplegada por la CNT-FAI, y este flagrante âolvidoâ? de la responsabilidad de la Confederación sobre sus propios actos? En el terreno de la historia, en dar la espalda a la escisión irreconciliable, producida ya en 1872, entre comunismo y anarquismo; en el campo teórico, en el ocultamiento de la naturaleza burguesa del partido anarquista (pasado, con armas y bagajes, a la barricada capitalista, en 1922, al conformarse sobre la base del alzamiento armado contrarrevolucionario contra el Estado proletario soviético ruso), y, en la política, en el apoyo crítico a la CNT-FAI âesto es, a su antifascismo; a su sostén radical del Estado capitalista españolâ, practicado entonces, con las armas en la mano, precisamente bajo la excusa de proporcionarle una «teoría», un «programa» revolucionarios, por la extrema izquierda burguesa constituida por los Amigos de Durruti, y practicada ahora por Guillamón y el resto de firmantes del citado manifiesto «Combate por la Historia» mediante su reivindicación del «anarquismo revolucionario».
Pero volvamos, de nuevo, a la âexplicaciónâ? metafísica, proporcionada por Guillamón âa modo de vehículo de los falsos balances presentados por la conciencia crítica del reformismo radicalâ, a la guerra civil española. Preguntémonos, para acabar de sacar a flote el engaño que contiene: ¿por qué faltó «todo un programa revolucionario»?, ¿ por qué se impuso el «programa de la burguesía republicana»?
A dicho propósito, en la polémica que Guillamón emprende contra Amorós y cía., nuestro historiador se siente muy seguro al reírse de la tesis de éste acerca de la «revolución [española] traicionada». Afirma, y le asiste razón en ello, que dicha teoría no explica por qué las traiciones se acaban imponiendo. Pero nuestro buen historiador crítico no tiene en cuenta, al cargar contra Amorós, que su propia âcontribuciónâ? a la resolución del âmisterioâ? planteado por éste (¿por qué pudieron más los traidores que las masas "revolucionarias"?), no es menos idealista al abrir dos nuevos grandes interrogantes («¿por qué faltó el programa?, ¿por qué faltó el partido?»â¦) que la tesis que es objeto de su crítica, en la medida que sustituye la historia de los líderes que traicionan, contada por Amorós, por la historia de los programas que debieran aparecer y no aparecenâ¦
La realidad, sin embargo âa diferencia de lo que demuestran entender estalinistas, trotsquistas, bordiguistas, consejistas o anarquistas; a diferencia de lo que sueña la Gauche Divine historiadora de Guillamón y cía.â, discurre por derroteros âtristementeâ? materialistas y no por los excelsos cielos neohegelianos.
Para el caso, los partidos políticos son seres sociales con una práctica histórica, acorde con unos intereses de clase, de la que los programas y otras producciones políticas son su expresión y no a la inversa. Los programas no se independizan de los partidos ni brotan, como tampoco lo hacen éstos, en el huerto particular de cualquiera, al margen y para ser utilizados fuera de las condiciones históricas que los producen. Por tanto, si, en la España de 1936-39 y en el resto del mundo, dicho partido o programa revolucionarios se hallaban desaparecidos, ¿podía deberse, quizás, a que su expresión histórica, en la pasada revolución proletaria âla Internacional Comunista de Leninâ, lo extraviara o, incoherente con su naturaleza revolucionaria, lo corrompiera? ¿Acaso las innegables condiciones específicas de atraso del desarrollo capitalista, padecidas por la España de los años 30, impedían el surgimiento, en ella, de un programa, o un partido verdaderamente revolucionarios; programa y partido que, por otra parte, no verían tampoco la luz en ningún otro lugar del planeta?
Ni una cosa ni la otra. Contra el análisis subjetivista y nacionalista de la guerra civil española al que se entregan Guillamón y sus colegas, cantores del «anarquismo revolucionario», o lo que es lo mismo, del antifascismo crítico, constituye el abecé mismo de toda aproximación científica a la cuestión descartar que el curso de un partido tan indiscutiblemente revolucionario, como lo fuera la Internacional Comunista de Lenin âhecho innegable hasta el punto de que llegó a agrupar, en su seno, en pleno avance de la revolución proletaria internacional, al conjunto de las fuerzas de la clase explotada que no sólo se reclamaban del comunismo, sino también, como en el caso de la CNT, del anarquismoâ, pudiera autodeterminarse contrarrevolucionariamente, movido por sus propias contradicciones internas, al margen del aplastamiento objetivo de la revolución mundial que tuvo efecto en el plano internacional. Por tanto, su evidente ausencia en la guerra civil española, así como en la escena mundial de los años 30, sólo podían obedecer, en el terreno real de la lucha de clases, a un motivo: dicho partido (y, con él, por supuesto, su programa habían sido destruidos por la contrarrevolución, por una contrarrevolución, cuya causa final de éxito sólo puede ser hallada en la posibilidad y necesidad del posterior, y mayor desarrollo histórico del capitalismo al que hemos asistido, y cuyo triunfo inapelable, coronado por la masacre fratricida, imperialista, entre el proletariado que supuso la Segunda Guerra Mundial, hacía inviable que, ni siquiera en las cabezas de los revolucionarios contemporáneos a la guerra civil española, que los hubo, pudiera conformarse el «programa revolucionario» por el que suspira Guillamón. (7)
Para comprobar que esto es así âque, en España no podía haber ni «revolución» ni «situación revolucionaria» (¿qué diablos es, Guillamón, una «situación revolucionaria» sino aquella que está destinada a desembocar en una revolución?â¦), ni, por tanto, lugar a «programa» ni partido revolucionarios algunoâ, basta solamente con detenerse a analizar cuál era, en aquellos años 30, el contexto general de contrarrevolución victoriosa, a escala mundial; cuál era el curso de la lucha de clases âsalpicado por intermitentes movimientos de resistencia proletarios, sin excepción liquidados, aquí y allá, de la mano del antifascismo, huérfano de no importa qué tipo de movimiento revolucionario, que, escapando del control de los aparatos reformistas y estalinistas, fuera capaz de alzar la alternativa del propio poder del proletariadoâ, dentro del curso general, en rampante desarrollo, por el que, movida por inaplazables imperativos económicos (dejar paso expedito a la eclosión de la nueva composición orgánica del capital, de la que era portador el taylorismo), transitaba, a velocidad crucero, la sociedad capitalista de la época, a través de sus crecientes rivalidades interimperialistas, camino de la Segunda Guerra Mundial.
Sacar a relucir esta auténtica realidad de la guerra civil española es, desde luego, una tarea revolucionaria, impropia de los historiadores, que se sienten libres de anteponer sus deseos subjetivos a la realidad material, sin embargo, tarde o temprano, los hechos acaban por arrinconar, en el trastero de lo inservible, para escándalo de la intelligentsia pequeñoburguesa, toda envoltura ideológica, por sofisticada que sea. En ese camino, hoy, tras décadas de contrarrevolución y una vez finiquitado el papel político del estalinismo y su apéndice crítico el trotsquismo, y certificada la bancarrota de las sectas izquierdistas que vegetan, oportunistamente, en la crítica, tan grandilocuente como impotente, de los anteriores, ha llegado el momento de que el marxismo contemporáneo se deshaga de toda esa losa muerta sobre la guerra civil de España que, sobre la base del mito de una «revolución» que nunca fue, nos presenta, en realidad, gracias al antifascismo, la unión sagrada con la burguesía democrática y el sometimiento al Estado burgués, como las divisas profundas y genuinas de la revolución proletaria.
Por lo mismo, la demolición de dicho mito es merecedora, sin duda, de todos los esfuerzos por parte de la vanguardia histórica de la clase explotada y para ello podemos presentar ya, en los siguientes términos, las líneas maestras del balance revolucionario consecuente, marxista, de la guerra de España:

1) La polarización imperante entre la izquierda y la derecha burguesas, en la España de 1931-39 âen el cuadro de la necesidad imperiosa del capitalismo español de modernizar su estructura productiva para poder competir en el mercado mundialâ, venía determinada por la radicalización de un movimiento proletario de resistencia que, sin suponer una amenaza para el orden capitalista, mantenía, con todo, fuertemente dividida a la clase dominante, incomodándola, acerca de cómo afrontar o integrar âpor la fuerza o mediante concesionesâ sus violentos estallidos reivindicativos.
2) Si dicho movimiento proletario de resistencia se expresaba, en España, con una virulencia mayor a la exhibida en otros Estados capitalistas más avanzados, ello se debía a las características de atraso histórico del capitalismo español de entonces, con su inevitable corolario, agravado por las consecuencias de la crisis económica mundial, de falta de asentamiento social de la democracia burguesa recién instaurada, en 1931, por la República.
3) En modo alguno se hallará la razón de ser de los violentos enfrentamientos producidos, en aquella España, entre burgueses y proletarios, en un hipotético carácter, anunciador de una revolución, del movimiento obrero en escena, carácter que no sólo hubiera sido ajeno a la naturaleza reivindicativa y espontánea de éste âbasta con constatar su realidad de huelgas dispersas y levantamientos locales jamás centralizados contra el Estado para comprobarlo, luchas atomizadas que no hacían más que corroborar, más allá de la actividad liquidadora desplegada, a este propósito, por los partidos burgueses de izquierda de todo tipo, en particular el anarquista, la falta de desarrollo del capitalismo español de entoncesâ, sino que, por añadidura, era imposible de adquirir bajo el chantaje social âo fascismo o democracia capitalistasâ imperante, a escala mundial, a resultas del aplastamiento, por motivos, en el fondo, de inmadurez histórica, de la anterior revolución proletaria mundial desatada por el Octubre ruso de 1917.
4) El ascenso de este movimiento reivindicativo del proletariado español y su efecto impulsor de las divisiones en el seno de la burguesía fue el vector que motivó la organización del fallido golpe militar, derrotado en los principales centros industriales, gracias a la irrupción defensiva espontánea de los trabajadores, desencadenada al margen de las directrices y el encuadramiento de no importa qué fuerza política o sindical existente.
5) A pesar de la combatividad derrochada por el proletariado el 19 de julio de 1936, así como con ocasión de los estallidos obreros anteriores (Asturias de 1934 destacadamente, pero también numerosos otros, entre 1931 y 1933, a lo largo y ancho de toda la geografía de la España republicana burguesaâ¦) y posteriores (mayo de 1937, de nuevo, en Barcelona), al tratarse el movimiento proletario existente, y sólo poderse tratar, dado el contexto mundial en que existía, de un movimiento espontáneo de resistencia âcarente, por ello mismo, de la realidad y el horizonte de constituir los órganos del proletariado, como clase, para la toma del poder político (los soviets o consejos obreros)â, restó subordinado, en todo momento, al respeto al Estado capitalista impuesto por los partidos y sindicatos de la izquierda y de la extrema izquierda de la burguesía, los cuales encuadraron así, en breves días, en el marco, sin salida para el proletariado, del antifascismo, la explosión clasista del 19 de julio, haciendo de los obreros alzados carne de cañón del sostén del frente militar, reaccionario, de la República capitalista.
6) La determinación de la sociedad capitalista de aquellos años, abocada, en plena contrarrevolución triunfante, a la Segunda Guerra Mundial ânueva gran guerra imperialista destinada a abrir, ya sin interrupciones revolucionarias, la expansión, sin precedentes, del capitalismo, de la mano de la revolución productiva taylorista, que se prolongaría hasta los pasados años 70â, a través, de un lado, del alza del fascismo y, simultáneamente, de la otra cara del capitalismo, la movilización internacional en defensa del régimen burgués por excelencia, constituido por la democracia capitalista, es condición necesaria y suficiente para explicar la ausencia, en España, de todo partido revolucionario, de toda vanguardia comunista, barridos, ambos, inevitablemente de escena a resultas del curso contrarrevolucionario abierto por el aplastamiento de la revolución proletaria internacional de 1917-27.
7) Sobre la base del poder burgués, incontestado en ambos bandos âtanto en el franquista como en el republicanoâ y bajo la determinación dedicho curso contrarrevolucionario mundial de los acontecimientos, la guerra civil española se conformó, de forma inevitable, desde sus inicios, como una guerra civil reaccionaria, o lo que es lo mismo para el caso, como moneda de cambio y elemento de presión, en el terreno de las relaciones interburguesas, entre las principales potencias capitalistas, con vistas a avanzar sus posiciones de cara al nuevo conflicto bélico mundial ya en puertas.
8) En conformidad con ello, fue la correlación de fuerzas vigente entre las grandes potencias imperialistas âde forma cada vez más innegable y aplastante a medida que el movimiento proletario de resistencia iba siendo liquidado, como no podía ser de otro modo en el cuadro del sostén a la República burguesaâ, la que realmente determinó, globalmente, el desarrollo de la contienda española de 1936-39.
9) Una vez sometida la resistencia proletaria en España, tras el aplastamiento del alzamiento proletario de mayo de 1937 en Barcelona, pasa a primer término, en el bando republicano, la contradicción entre la fracción democrática de la burguesía española âel llamado «Partido de la paz», encabezado por Prieto, Azaña y Besteiroâ, cada vez menos interesada, por razones obvias, en prolongar la guerra, y la agencia en España de la URSS de Stalin âel «Partido de la resistencia», integrado por el PCE y el Gobierno de Negrín, títere del Kremlin estalinistaâ, partidaria de prolongar el conflicto militar en función de los intereses reaccionarios de defensa nacional, frente a la inminente guerra imperialista mundial, por parte de la URSS burguesa.
10) Más allá de la ayuda material proveniente de Rusia, la fuerza adquirida por el estalinismo âtolerada, durante la mayor parte de la guerra, por la fracción democrática de la burguesía española, que no conseguirá imponerse a él más que en los estertores del conflictoâ se explica, en términos sociales, en función de la necesaria liquidación del movimiento de resistencia proletario, en el seno de la República democrática, a manos de un partido, el PCE, tanto más en condiciones de liderar, sin reservas, esa tarea, cuanto que su obediencia rusa le liberaba de prejuicios democráticos y nacionales. Es, por tanto, una confluencia momentánea de intereses entre la fracción democrática de la burguesía española y el estalinismo la que explica la preponderancia creciente de éste en el Estado capitalista de la zona republicana, en consonancia con la necesidad de la URSS contrarrevolucionaria de Stalin de hacer de su intervención en España, al objeto de alargar la guerra civil reaccionaria española, implicar a las potencias democráticas y postergar, por lo mismo, la mundial, un eje de su política exterior, determinada, en aquellos días âdada su manifiesta inferioridad frente a la amenaza de las grandes potencias imperialistas y, en particular, de la Alemania fascista, ya al acechoâ por la exigencia de ganar tiempo para su defensa nacional.
11) Por su parte, el denominado bando nacional hace honor a su nombre en el sentido de que no necesita de ninguna injerencia extranjera, en el terreno social, para acabar con el movimiento proletario de resistencia (por no dominar, en un principio, las zonas industriales y los puntos de mayor agitación campesina, Franco, al margen de su feroz represión, no tiene ese problema), pero sin la intervención militar de las potencias fascistas, Alemania e Italia âcomo vehículo del salto cualitativo, predecesor de la Segunda Guerra Mundial, en la presión beligerante del fascismo sobre el status quo imperialista, favorable a las potencias democráticasâ, sobre todo al principio de la contienda, hubiera sido imposible, tanto el asentamiento, tras el fracaso del golpe de Estado, de la dictadura franquista, como su abrumadora superioridad bélica demostrada, posteriormente, en el frente.
12) Bajo dicha implacable determinación internacional, discurrió la confrontación armada entre franquistas y republicanos, mientras que el movimiento obrero de resistencia del 19 de julio de 1936, cuya postrera expresión destacada fue el levantamiento proletario de mayo de 1937 en Barcelona, pasó inevitablemente a constituirse en carne de cañón de una guerra civil reaccionaria en la que la clase explotada fue masacrada en ambos frentes y en ambas retaguardias, siendo, ya entonces, denunciado públicamente, por el puñado de izquierdistas revolucionarios de la fracción bordiguista (la denominada Fracción de la Izquierda Comunista de Italia agrupada en torno a su publicación Bilan), así como por los de la llamada Fracción Belga de la Izquierda Comunista Internacional, separados de la Liga de los Comunistas Internacionalistas de Bélgica, que se unieron a los anteriores, el mito reaccionario que presentaba esa matanza del proletariado español âprólogo de la del proletariado mundialâ como una supuesta «revolución proletaria».
13) Más allá de las congénitas debilidades semianarquistas del bordiguismo, puestas ya al descubierto, durante la anterior revolución proletaria mundial, en el seno de la Internacional Comunista de Lenin âhipotecas de la viabilidad revolucionaria de la corriente de Bordiga que acabarían conduciendo, con ocasión del estallido de la Segunda Guerra Mundial imperialista, a la bancarrota a la fracciones italiana y belga y, acto seguido, a la instalación definitiva en el oportunismo de la totalidad del bordiguismo, mediante la fundación, en 1943, sin delimitación programática revolucionaria, del Partido Comunista (Internacionalista) de Italiaâ, sólo Bilan y, con posterioridad, sus camaradas de la Fracción Belga, así como el llamado Grupo de Trabajadores Marxistas, de México, cuya dirección (Paul Kirchoff) provenía del izquierdismo proletario alemán (los IKD, Comunistas Internacionalistas de Alemania, a su vez procedentes del KAPD, Partido Comunista Obrero de Alemania), mantuvieron âmarchando, por completo, a contracorriente de los acontecimientosâ una posición revolucionaria, bien que no consecuente, no marxista, contra la guerra reaccionaria de España que ponía justificadamente el acento determinante, en lo que hacía a la cuestión decisiva del reconocimiento del campo de clase proletario, en la lucha contra el Estado burgués y los frentes militares antifascistas. Fuera de estas fuerzas citadas ây con la única excepción del anarcocomunista Grupo de los Comunistas Internacionalistas (GIC) de los Países Bajos, inspirado por Pannekoek, el cual, al no sostener, como tal, los frentes militares antifacistas se mantendría en el terreno proletario, bien que con una deriva oportunista creciente que, de la mano de su reivindicación de la ârevolución españolaâ?, le hacía coquetear con el antifascismo críticoâ el resto de fuerzas, todavía proletarias antes de julio de 1936 (el trotsquismo oficial, en su totalidad, la sección española de Munis, por supuesto, incluida, pero también los productos de la crisis de aquél, como la francesa Unión Comunista (UC) de Chazé, la Liga de los Comunistas Internacionalistas de Bélgica (LCI) de Hennaut o la estadounidense Liga Obrera Revolucionaria (RWL) de Oehler, así como, de otro lado, el consejismo ortodoxo de los Grupos de los Comunistas de los Consejos (GCC), liderados por Paul Mattick), pasaría irreversiblemente, con armas y bagajes, al campo de la burguesía, al llamar, con no importa qué matiz crítico, al proletariado español y mundial a sostener el frente militar de la República española, movilización antifascista integrada objetivamente en la ultimación de los preparativos para atar al proletariado mundial al bando democrático de la nueva guerra imperialista que se desencadenaría, acto seguido, a escala de todo el planeta. (8)



Ã?lvaro de la Calle (9)
12 de julio de 2004
alvaro ARROBA edicionescurso.com


NOTAS


(1) El 8 de julio de 1999, Guillamón fue uno de la treintena de firmantes del manifiesto «Combate por la historia», que agrupaba a toda una familia de historiadores, unidos, en el fondo âa cubierto de su oposición a la «historia oficial» y de su reconocimiento unánime de la supuesta «revolución española» de 1936, por el sostén crítico del antifascismo (y, en los hechos, de la pieza clave de éste, que fue la CNT-FAI), mediante el cual la República capitalista, coronando, con ello, la preparación de las condiciones para la Segunda Guerra Mundial imperialista, aplastó al proletariado español antes de sucumbir ante Franco (cf.: Ã?lvaro de la Calle, Ignacio Rodas: «Dos tragedias, dos lecciones de los revolucionarios y la guerra de España», Los revolucionarios y la guerra de España. Textos de Bilan: 1933-1938, Curso, Barcelona, 2000 > http://www.edicionescurso.com <).

(2) «Para triunfar se necesita de un programa», El Amigo del Pueblo, núm. 8, Barcelona, 21 de septiembre de 1937.

(3) Ibíd.

(4) «Hay que hablar claro», El Amigo del Pueblo, núm. 10, Barcelona, 8 de noviembre de 1937.

(5) Recuérdese que el âapartidistaâ? y âantiburocráticoâ? partido anarquista tomó en sus manos definitivamente la CNT, aprovechando la reciente detención del Comité Nacional liderado por el, por entonces comunista, Joaquín Maurín, mediante el Pleno de Zaragoza de 1922, que revocó, violando el funcionamiento del sindicato, la decisión soberana de adhesión a la Internacional Comunista de Lenin que había adoptado el conjunto de la militancia confederal en el Congreso de Madrid, de 1919.

(6) «Tesis de âBalanceâ? sobre la Guerra de España y la situación revolucionaria creada el 19 de Julio de 1936 en Cataluña», Balance, cuadernos de historia del movimiento obrero, nº 21, marzo de 2001, p. 14.

(7) No en vano, que se sepa, los únicos lugares en los que se ha defendido públicamente el carácter no revolucionario âde apéndice de izquierda de la CNT-FAI burguesa, en realidadâ de los Amigos de Durruti (elevados a los altares por la totalidad de las fuerzas reformistas de extrema izquierda y oportunistas) es en la presentación («Dos tragedias, dos lecciones: los revolucionarios y la guerra de España») del, ya citado, libro Los revolucionarios y la guerra de España. Textos de Bilan 1933-1938, que coedité con Ignacio Rodas, y en diferentes escritos publicados posteriormente tanto por él como por mí. El último de ellos, de Rodas («Respuesta a Abel Ortiz» > http://roups.msn.om/Anticapitalistasrevolucionarios <), de fecha tan reciente como 26 de mayo de 2004, contestaba, precisamente en estos términos âla CNT-FAI y los Amigos de Durruti, fracciones de extrema izquierda, del antifascismo, de la burguesíaâ al ataque de Ortiz contra el libro La revolución traicionada, de Miquel Amorós. Guillamón no ignora ni puede ignorar dichos planteamientos marxistas. Prueba de ello es que, ahora, desmintiendo inopinadamente lo escrito hasta hoy, se viste con los ropajes del marxismo llegando a decir, como hemos visto, que los Amigos de Durruti «no pudieron, ni siquiera pretendieron, convertirse en una âalternativa revolucionariaâ? a la CNT-FAI». Que no cunda la alarma, sin embargo, entre ese amplio medio de colegas firmantes de manifiestos antifascistas ârevolucionariosâ? (¡!) y de amistades políticas, que van desde el trotsquismo declarado de Fomento Obrero Revolucionario (FOR) hasta las sectas bordiguistas, pasando, claro está, por los anarquismos, asimismo ârevolucionariosâ? (¡¡!!), de no importa qué gradación, en el que se mueve, tomando algo de aquí y algo de allá, como pez en el agua, Guillamón. Que no se alarmen sus allegados, nuestro buen historiador crítico sigue siendo el mismo: jamás se atreverá a situar a los Amigos de Durruti en el campo burgués, antifascista, al que éstos tan obviamente sirvieron, incluso con las armas; jamás osará extraer lección revolucionaria alguna de los ocasionales y vergonzantes préstamos que se ve obligado a tomar del marxismo. ¡Así es, así procede la divina intelectualidad pequeñoburguesa!

(8) En la ya citada obra, Los revolucionarios y la guerra de España. Textos de Bilan 1933-1938, ha sido esclarecido el papel revolucionario desempeñado, a este respecto y en general, por la denominada Fracción Italiana de la Izquierda Comunista. Con independencia de las profundas limitaciones que, en tanto que seguidora de la política izquierdista del fundador del Partido Comunista de Italia, Amadeo Bordiga, atenazaban a la Fracción y acabarían conduciéndola a su quiebra y posterior inserción en el partido bordiguista, ya oportunista âpuesto en pie en Italia de la mano de las más nefastas ilusiones acerca de la presencia, en escena, de un «movimiento revolucionario», en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundialâ, la Fracción Italiana fue la única organización política que, denunciando, por los medios a su alcance, como una falsedad, la existencia de «una revolución», combatió decidida y abiertamente âincluso al precio de la expulsión de sus filas de una minoría que vino a luchar a España bajo el mando de la Columna del POUM frentepopulistaâ todo apoyo, por crítico que fuera, al frente militar antifascista, merced al cual se conducía al matadero sin salida al proletariado español y mundial. Que, más allá de sus titubeos, ya vistos, en cuanto a los Amigos de Durruti, Guillamón se libre, en otro de sus escritos ya referido («Tesis de âBalanceâ? sobre la Guerra de Españaâ¦) a una crítica feroz de la mayoría de la Fracción Italiana que, de tal manera, heroica y revolucionaria, combatió el antifascismo y a una defensa, frente a ésta, de la minoría, que, pasando, con ello, al campo burgués, tomó las armas para, en los hechos, sostener el frente militar de la República capitalista, constituye la prueba del nueve de que la barricada ocupada en la lucha de clases por toda esa amplia familia de historiadores críticos, firmantes del manifiesto «Combate por la historia» no es otra que la defensa de la democracia burguesa, a cubierto de los mitos de la «revolución española», de la «situación revolucionaria» en España (aportación de Guillamón a lo anterior) y del «anarquismo revolucionario».

(9) El cuerpo fundamental de estas tesis fue fruto âhace ahora tres añosâ de un trabajo de delimitación revolucionaria con el izquierdismo proletario oportunista, desarrollado por el autor y otros camaradas en el cuadro del hoy disuelto Núcleo Marxista Hilo Rojo («Crítica marxista de 12 tesis izquierdistas sobre la guerra de España», Boletín comunista, núm 43, 30 de diciembre de 2001).

(10) Militante marxista, coeditor de Los revolucionarios y la guerra de España. Textos de Bilan: 1933-1938, Curso, Barcelona, 2000

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Comentaris

Notas (Continuación)
22 jul 2004
sigue...
...de fecha tan reciente como 26 de mayo de 2004, contestaba, precisamente en estos términos âla CNT-FAI y los Amigos de Durruti, fracciones de extrema izquierda, del antifascismo, de la burguesíaâ al ataque de Ortiz contra el libro La revolución traicionada, de Miquel Amorós. Guillamón no ignora ni puede ignorar dichos planteamientos marxistas. Prueba de ello es que, ahora, desmintiendo inopinadamente lo escrito hasta hoy, se viste con los ropajes del marxismo llegando a decir, como hemos visto, que los Amigos de Durruti «no pudieron, ni siquiera pretendieron, convertirse en una âalternativa revolucionariaâ? a la CNT-FAI». Que no cunda la alarma, sin embargo, entre ese amplio medio de colegas firmantes de manifiestos antifascistas ârevolucionariosâ? (¡!) y de amistades políticas, que van desde el trotsquismo declarado de Fomento Obrero Revolucionario (FOR) hasta las sectas bordiguistas, pasando, claro está, por los anarquismos, asimismo ârevolucionariosâ? (¡¡!!), de no importa qué gradación, en el que se mueve, tomando algo de aquí y algo de allá, como pez en el agua, Guillamón. Que no se alarmen sus allegados, nuestro buen historiador crítico sigue siendo el mismo: jamás se atreverá a situar a los Amigos de Durruti en el campo burgués, antifascista, al que éstos tan obviamente sirvieron, incluso con las armas; jamás osará extraer lección revolucionaria alguna de los ocasionales y vergonzantes préstamos que se ve obligado a tomar del marxismo. ¡Así es, así procede la divina intelectualidad pequeñoburguesa!
(8) En la ya citada obra, Los revolucionarios y la guerra de España. Textos de Bilan 1933-1938, ha sido esclarecido el papel revolucionario desempeñado, a este respecto y en general, por la denominada Fracción Italiana de la Izquierda Comunista. Con independencia de las profundas limitaciones que, en tanto que seguidora de la política izquierdista del fundador del Partido Comunista de Italia, Amadeo Bordiga, atenazaban a la Fracción y acabarían conduciéndola a su quiebra y posterior inserción en el partido bordiguista, ya oportunista âpuesto en pie en Italia de la mano de las más nefastas ilusiones acerca de la presencia, en escena, de un «movimiento revolucionario», en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundialâ, la Fracción Italiana fue la única organización política que, denunciando, por los medios a su alcance, como una falsedad, la existencia de «una revolución», combatió decidida y abiertamente âincluso al precio de la expulsión de sus filas de una minoría que vino a luchar a España bajo el mando de la Columna del POUM frentepopulistaâ todo apoyo, por crítico que fuera, al frente militar antifascista, merced al cual se conducía al matadero sin salida al proletariado español y mundial. Que, más allá de sus titubeos, ya vistos, en cuanto a los Amigos de Durruti, Guillamón se libre, en otro de sus escritos ya referido («Tesis de âBalanceâ? sobre la Guerra de Españaâ¦) a una crítica feroz de la mayoría de la Fracción Italiana que, de tal manera, heroica y revolucionaria, combatió el antifascismo y a una defensa, frente a ésta, de la minoría, que, pasando, con ello, al campo burgués, tomó las armas para, en los hechos, sostener el frente militar de la República capitalista, constituye la prueba del nueve de que la barricada ocupada en la lucha de clases por toda esa amplia familia de historiadores críticos, firmantes del manifiesto «Combate por la historia» no es otra que la defensa de la democracia burguesa, a cubierto de los mitos de la «revolución española», de la «situación revolucionaria» en España (aportación de Guillamón a lo anterior) y del «anarquismo revolucionario».
(9) El cuerpo fundamental de estas tesis fue fruto âhace ahora tres añosâ de un trabajo de delimitación revolucionaria con el izquierdismo proletario oportunista, desarrollado por el autor y otros camaradas en el cuadro del hoy disuelto Núcleo Marxista Hilo Rojo («Crítica marxista de 12 tesis izquierdistas sobre la guerra de España», Boletín comunista, núm 43, 30 de diciembre de 2001).
(10) Militante marxista, coeditor de Los revolucionarios y la guerra de España. Textos de Bilan: 1933-1938, Curso, Barcelona, 2000
Artículo completo
22 jul 2004
http://www.esfazil.com/kaos/noticia.php?id_noticia=4447&PHPSESSID=12a72c
Re: Los Amigos de Durruti: último apoyo del mito de la "revolución española"
22 jul 2004
podrias hacer un resumen?
Re: Los Amigos de Durruti: último apoyo del mito de la "revolución española"
22 jul 2004
El resumen que pedía JJ:
Alvaro de la Calle, Ignacio Rodas, Hilo Rojo, Movimiento Anticapitalista Revolucionario (MAR), etcétera.... ¿Lo has captado?: leninismo-estalinismo ortodoxo: los dirigentes que preparan el partido que mañana dirigirá y sustituirá al proletariado, en una revolución que implantará la dictadura del partido sobre el proletariado. Enrevesado pero exacto.

Si breve y claro dos veces bueno.

Más resumido aún: no intentes leer lo que escriben porque no se les entiende nada, ni merece la pena.
Re: Los Amigos de Durruti: último apoyo del mito de la "revolución española"
22 jul 2004
maestro zen, me puedes hacer un resumen de tu comentario? Es que tampoco lo entiendo.
Y de paso te puedo pedir que me hagas un comentario de texto para el cole? Es que mi madre me ha dejado navegando solo por internet, y me he metido en esta pagina, por no meterme en paginas guarras (ya sabes), pero ya he visto que vosotros sois tambien bastante guarros.
Gracias.
Re: Los Amigos de Durruti: último apoyo del mito de la "revolución española"
23 jul 2004
Métete en otras páginas más alegres, que aquí está perdiendo el tiempo.
Tu comentario es además de divertidísmo (aún estoy riendo), absolutamente demoledor para estas sectas izquierdistas, salvadoras del mundo, de las que es imposible leer más allá del primer párrafo.
Re: Los Amigos de Durruti: último apoyo del mito de la "revolución española"
23 jul 2004
això de "mito de la Revolución española" sona a "mito del Holocausto judio"... revisionisme d'extrema dreta
Sindicat