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Comentari :: globalització neoliberal
El origen ideológico del marxismo
01 jul 2004
Frente a la caterva católica que imputa a Hegel el origen ideológico del materialismo histórico de Marx y Engels, la realidad es que el filósofo del ateismo Frederic Feuerbach fue su antecedente.
Invito a todos los interesados en el tema a leer las obras de Feuerbach de las que se incluye un fragmento a continuación y las de Marx y Engels en las que tratan de las tesis sobre la religión del filósofo alemán.

Debido a la clara vinculación del materialismo histórico marxista con la filosofía atea, la Iglesia Católica ha visto como la principal amenaza a su poder y privilegios el surgimiento de opciones políticas vinculadas al marxismo. Por eso tras el Vaticano II se produjo la infiltración masiva de sus agentes en los partidos de izquierda, socialismo cristiano, curas obreros, etc, con las consecuencias de liquidación total de la izquierda política que conocemos, desde el momento en que la izquierda renunció a intervenir en el sistema educativo en favor de la Iglesia Católico.

Fue asimismo la lucha contra la opción política marxista que suscitó el pacto del Vaticano con el poder político USA que en estos momentos ha situado Bush en niveles sólo comparables a los el emperador Justiniano en el siglo VII cuando el cristianismo se hizo la religión del Imperio Romano....

Aprovecho para sugerir a Indymedia que incluya un apartado específico sobre marxismo para que estos temas tengan una mejor indentificación.

FRAGMENTOS DE FEUERBACH

Ludwig Feuerbach (Alemania, 1804-1872)
La esencia del cristianismo (fragmento)
" Los dogmas fundamentales del cristianismo son deseos del corazón cumplidos –la esencia del cristianismo es la esencia del sentimiento. Es más cómodo sufrir que actuar; es más cómodo dejarse redimir y liberar por otro, que liberarse a sí mismo; es más cómodo hacer depender su salvación de otra persona, que de la propia fuerza; es más cómodo amar que anhelar; es más cómodo saberse amado de Dios, que amarse a sí mismo con un amor sencillo o natural, innato en todos los seres; es más cómodo reflejarse en los ojos amorosos de otro ser personal, que en el espejo cóncavo del propio yo o en el abismo frío del océano de la naturaleza; es más cómodo en general, dejarse llevar por sus propios sentimientos, que determinarse por la inteligencia misma cuando esos sentimientos tienen la apariencia como si fueran de otro, aunque en el fondo sean los sentimientos del propio yo. "

Conferencias en la esencia de la religión (fragmento)
" Así los dioses son criaturas de la imaginación, pero de una imaginación encendida por la sensación del hombre a su dependencia, de sus aflicciones y de su egoísmo; son criaturas no solamente de la imaginación sino también de la emoción, especialmente de las emociones de la esperanza y del miedo. "

This work is in the public domain

Comentaris

La amenaza religiosa
01 jul 2004
Publicado en Indymedia el 16.04.2003

Construir la nueva conciencia libre del primitivismo religioso es una tarea difícil, pero ¿qué motivos hay para no empezar a trabajar ahora ?
El Ministerio de Interior del Gobierno francés ha impulsado la creación del Consejo Francés del Culto Musulmán, al objeto de âcanalizar la voz de las personas de religión musulmana que viven en Franciaâ?. Paralelamente, las jerarquías católicas de aquél país han puesto en marcha su campaña de críticas, naturalmente muy sutiles y bien hilvanadas como corresponde a gentes que llevan cientos de años ejerciendo el poder a la sombra del poder.

Pienso que la iniciativa del Gobierno conservador francés es equivocada porque el futuro debe pasar por potenciar una sociedad de seres humanos libres, con conciencia más plena que la que puede dejarles ninguna religión. Pienso que cualquier apoyo a las organizaciones fundadas en la religión constituye una política reaccionaria; no se trata de extender el modelo de organizaciones cristianas a otras religiones, llámense musulmanas o cualquier otra que pretenda decir a los seres humanos que habitamos este planeta que existe un âser supremoâ? que todo lo ve, todo lo guía y todo lo juzga. Sobre todo porque en cuanto se constituyen las correspondientes organizaciones y se conforman sus representantes, habrá algunos seres humanos que pretendan hacer creer al resto que están en más íntimo contacto con ese ser supremo y justificaran sus actos pidiendo fe en un dios que no es más que la terrible encarnación de nuestra pequeñez: ¡ aprendamos a vivir con ella ¡ Me parece que quien busca una conciencia suprema fuera del mundo es porque pretende vivir sin conciencia propia. ¡ ¡ ¡ ¡ es mucho más duro examinarse a uno mismo, sin la ayuda de ningún espíritu que nos consuele, nos conforte o nos ilumine el camino ¡ La coartada es perfecta porque es seguro que nadie pueda consultar con el ser supremo inventado por las religiones más que formando parte de ellas. Convirtiéndose o renaciendo a ellas, lo cual es todavía más propicio al dogmatismo furioso.

Convengamos que la religión es un mecanismo psicológico del hombre primitivo, empleado por los ávidos de poder para dominar a otros hombres y que será superado. No veo motivo para no empezar a trabajar en esta tarea. ¡ Es irrelevante que dios exista o no exista ! Nosotros no vamos a ocuparnos de este dilema pseudofilosófico. Importa en cambio que los seres humanos nos conozcamos. Habría que empezar por conocernos nosotros mismos.

Sin embargo, es mucho más fácil, más tranquilizador construir causas externas que nos tranquilizan ante algunos hechos terribles de nuestra naturaleza: lo hemos visto con la muerte de varias personas a manos de una médico en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid: enseguida se ha dicho que la âculpaâ? era la âesquizofreniaâ? de la médica. Así nos quedamos tranquilos. Todo menos atreverse a pensar siquiera que todo ser humano lleva dentro todas las posibilidades y que sólo la conciencia puede hacernos comprender cómo usarlas para el bien común y propio sin causar injustos sufrimientos a otros. ¡ Sin buscar el âperdónâ? divino cuando nos equivocamos; es más duro enfrentarse a la propia conciencia que silenciarla ! Esta es la razón de que tanta gente buena busque a dios.

Por lo mismo, el hombre primitivo busca el consuelo de un ser supremo para consolarse del miedo, del sufrimiento, de la incertidumbre... muchas veces de aquéllas partes de su propia personalidad que no le gustan. Por eso la culpa es un elemento tan poderoso de captación de âfielesâ? que se reviste de fiesta para ocultar su terrible intención.

Al convertir este deseo primitivo natural en un orden jerárquico, las iglesias obtienen un enorme poder a la sombra: sin ir más lejos el Foro Social de Porto Alegre fue organizado por la Conferencia Episcopal Brasileña, y todo el movimiento social está apoyado por organizaciones eclesiales cristianas, judías, musulmanas...que no están dispuestas a perder el poder del que vienen disfrutando a favor de la ciudadanía libre.

El camino a recorrer para fundar un movimiento ciudadano verdaderamente libre de la nefasta influencia de las religiones jerarquizadas es terriblemente largo, peliagudo e incierto para el tiempo de vida de cualquiera de nosotros.

Sin embargo, no veo motivo para que la moral simplemente humana sin lacra religiosa se intente difundir con perseverancia, con paciencia, con comprensión del rechazo que sin duda, la imprimación de las conciencias que llevan realizando la jerarquía religiosa de una parte a otra del planeta, ha conseguido en las conciencias de todos nosotros a través del proceso educativo y familiar. ¡ Es tan difícil desprenderse de la seguridad que da el apoyo o la guía de ese ser supremo de nuestra infancia ¡ A mí me había garantizado vida hasta los 90 con rezar todos los días; he renunciado a ello. ¡ Pobres de nosotros, pequeños seres humanos perdidos en un Universo cuya naturaleza se nos escapa ! Cuanta gente de buena fe corre a buscar refugio a las iglesias sin darse cuenta de que ese refugio se paga con la libertad de su conciencia.

El ser humano que se apresta a creer en el ser supremo, ¡ está preparado para creer cualquier otra mentira y manipulación ¡ Esta es la esencia, simple y rotunda, de la permanente alianza entre la jerarquia religiosa y todo tipo de tiranía. Cuanta mayor es la tiranía, mayor es la cercanía entre ambas facetas. ¡ Hasta el régimen autoritario de Fidel ha simultaneado la apertura de un Convento de Monjas con la aplicación de nuevas penas de muerte ! El poder tiránico siempre se siente más seguro si la población está anestesiada por algún âhecho religiosoâ?: garantía de la mordaza que atenaza la conciencia humana.

Los movimientos sociales desde el mencionado FSM a los foros locales, y muchas de sus campañas y organizaciones de ayuda al desarrollo son de inspiración confesional; las iglesias prestan sus abundantes medios, locales, imprentas, personas para la difusión de un mensaje vinculado con la llamada âdoctrina social de la Iglesiaâ? desarrollada por el Concilio Vaticano II. Otras confesiones religiosas hacen lo mismo con sus respectivas âorganizaciones socialesâ?.

Mientras no tomemos todos conciencia de que no somos más que seres humanos habitando este Planeta, cualquier injusticia, cualquier abuso, cualquier agresión podrá ser explicada, justificada, perdonada a cuenta de un dios, al servicio de cualquier dios, por obediencia a los dioses. Tenemos que ser capaces de prescindir de la primitiva necesidad de inventar un ser supremo.

El camino para contrarrestar toda esta influencia que nos conduce a un conflicto social permanente- porque la esencia de toda religión es EXCLUIR AL RESTO o IMPONERSE con la excepción de excepcionales períodos de entendimiento que sólo confirman los hechos-; ese camino de libertad y conciencia humana es arduo, es complicado, está lleno de reproches, ataques y malentendidos. Muchos serán furibundos y agresivos. Pero creo que vale la pena empezar ahora y no dejarlo para mañana.
Re: El origen ideológico del marxismo
01 jul 2004
Si bé és cert que Marx i Engels es basen en el Materialisme històric de Feuerbach encontra posició de l'idealisme de Hegel, també cal saber, i no és menys important, i heus aquí la gran feina feta per Marx i Engels, la incorporació de la dialèctica al materialisme.

Hegel era idealista dialèctic i Feuerbach era un matarialista absolut i el que van aconseguir així a "lo bruto" va ser enriquir el materialisme tot incorporant el mètode dialèctic.
Re: El origen ideológico del marxismo
01 jul 2004
Mes que res el que no cal es caure en el reduccionisme:

Hegel->Marx
Feuerbach->Bakunin

...

ja m'enteneu...
Re: El origen del origen. Ideología y lógica de la idea.
01 jul 2004
El materialismo es otro idealismo, seguramente el mayor... pobrecitos filósofos mediocres.
Re: El origen ideológico del marxismo
01 jul 2004
avispao, la teva intervenció em maravella, quina reflexió tant profunda, quina aportació tant interessant!!!
Ets un babau dels grans.
Re: El origen ideológico del marxismo
01 jul 2004
Ecce tambien se luce
No es cuestión filosófica sino política
02 jul 2004
La Iglesia Católica combate por todos sus medios, que son inmensos, la conjunción política coherente entre socialismo y ateísmo, porque de esta conjunción necesaria surgen acciones politicas en las que la CONFESION RELIGIOSA queda relegada fuera del poder político.

Como la Iglesia tiene interés naturalmente en seguir disfrutando de sus privilegios, y sus aliados las élites capitalistas y militaristas del mundo también, TODOS LOS ESFUERZOS van dirigidos a que las opciones socialistas pierdan TODA LA FUERZA con posicionamientos CONFESIONALES, actualmente llamados "multiculturales". Véase como en el caso del PSOE esto se traduce en la reproducción del modelo católico con los lobies coránicos o musulmanes para entregar una parte de los escolares a su adoctrinamiento.

Cuando el socialismo no se combina con su otra esencia que es el ateísmo, lo que queda es algo parecido a CCOO, un sindicato al servicio y mayor gloria de la patronal. O el PSOE, un partido al servicio del neoliberalismo de los amigos del Sr. Solbes. Este progresismo devaluado e insulso es fruto de la falta de valentía para afrontar que NO SE PUEDE SER DE IZQUIERDAS SIN SER ATEO, y NO SE PUEDE AVANZAR HACIA EL PROGRESISMO sin retirar de la vida pública a las confesiones religiosas.
Re: El origen ideológico del marxismo
02 jul 2004
En estas posiciones tuyas, JM, marxistas sin fisuras en cuanto a la crítica a las religiones y las iglesias, temo un fondo burgués: Ateismo y positivismo lógico no son lo mismo, y ateismo popular y romanticismo ateo tampoco son lo mismo. Para que la humanidad supere las religiones primero ha de relativizar las creencias, pero para relativizar las creencias primero tiene que tener un vasto conocimiento de su función social y cultural, mi pregunta, JM, es sí realmente no te estás ahorrando ese paso y reduciendo la profundidad de la función social de las creencias a un asunto de miedo, ignorancia, comodidad y dominación? ¿No hay algo más? ¿No hay mirada a lo concavo del propio ser (O lo que llamas el yo y la conciencia.) y al abismo de la naturaleza en las creencias?
Re: El origen ideológico del marxismo
03 jul 2004
Reivindicación de Itaca



Texto de las sucesivas presentaciones del libro «La sombra de Marx», de Eugenio del Río (Talasa, 1994), realizadas en Madrid, Cádiz y Granada a lo largo de 1994.



En La Sombra de Marx, Eugenio del Río ha realizado un trabajo de investigación y de análisis meticuloso, riguroso, desprejuiciado, sobrio y modesto.

No acumulo adjetivos para piropear al autor, sino para definir lo que ha hecho.

La actitud metodológica de Eugenio del Río es muy infrecuente. A mí no me sorprende, porque lo conozco desde hace algo así como treinta años, la mitad de los cuales los hemos convivido de muy cerca, y he asistido a la forja de ese modo de pensar y de trabajar. Nunca pone en el papel una afirmación rotunda que no haya sopesado cuidadosamente; incluso cuando la ha sopesado cuidadosamente, rara vez la pone como afirmación rotunda; no se apropia jamás de una idea ajena sin citar a su autor; invierte todo el esfuerzo necesario en conocer cuanto de interés se ha escrito sobre cada aspecto de las materias que aborda; es implacable con los prejuicios, sin olvidarse de los suyos propios...

A todo lo cual añade otros dos elementos fundamentales, que son -todo sea dicho- los que peor llevo: las cosas las explica una sola vez, dando por supuesto que quien le lee es inteligente; las explica de la manera más escueta y desapasionada posible y, además, sin apenas ningún adorno literario.

Quiero decir con esto que el método de Eugenio del Río es tan intelectualmente admirable como publicitariamente desastroso: Del Río es, con toda probabilidad, el peor vendedor de su propio pensamiento que haya en este país. Si yo tuviera el 10 por ciento de su bagaje intelectual y una tercera parte de su capacidad analítica, estoy convencido de que pasaría por ser uno de los más sesudos pensadores de nuestro tiempo, y las radios y las televisiones se rifarían mi presencia. Pero él es así, y no hay más vueltas que darle.

Afirmado lo cual, quisiera decirles algunas palabras sobre la lectura que he hecho de La sombra de Marx (dicho sea lo de «lectura» en su sentido más literal).

Los libros dicen lo que dicen, pero nosotros los leemos desde nuestros centros de interés y nuestras preocupaciones personales, más o menos coyunturales, lo que hace que el mismo libro a unos nos diga unas cosas y a otros otras, y que a nosotros mismos nos diga cosas diferentes en épocas diferentes. Mi lectura de este libro no se ha escapado a esa regla.

Desde ese ángulo declaradamente personal, lo que más me ha interesado de él es cómo acierta a simultanear la lucidez crítica con respecto al marxismo -con y sin comillas- y la oposición radical a la organización social vigente. En este libro se examina con espíritu crítico e independiente la obra de Marx, y de modo particularmente demoledor su cristalización dogmática en la ortodoxia marxista que ha dominado durante este siglo los movimientos de oposición al capitalismo, sin que de ello se desprenda nada que mueva a la resignación con respecto al orden social existente. Ãsta no es una obra para desengañados, escépticos o reacomodados. En ella se invita a retirar los escombros del solar en que hoy habita la causa anticapitalista y a examinar con detenimiento cada piedra, de cara a determinar por qué el edificio se vino abajo. Y nos va animando a descubrir cómo lo que se había construido con la intención de que fuera un edificio inteligente se fue convirtiendo poco a poco en una sórdida comisaría. Pero no para que nos lamentemos del desastre, cual Caballé ante el Liceu, ni para que renunciemos a construir nada alternativo, a la vista de lo difícil que es, y todavía menos para que nos vayamos a vivir a casa ajena, sino para que aprendamos.

Para que aprendamos, ¿a qué? Pues a pensar por nosotros mismos; a no dar por bueno sino aquello que nos convence después de evaluado; a no buscar respuestas únicas, totales; a dudar de todo en general y de nosotros mismos en particular; a tener siempre presente que podemos estar equivocados, y que quien nos contradice es fácil que esté en lo cierto, del todo o en parte; a abominar de inquisidores, de guardianes del fuego sagrado y de ortodoxos...

Hoy en día, casi todo el mundo da por hecha la muerte del marxismo. No veo interés en discutirlo. Entre otras cosas, porque para ello sería necesario empezar por determinar qué es el marxismo. Más que dictaminar la defunción de una doctrina -en el supuesto de que el marxismo fuera una, o sea, una sola, y en el supuesto de que las doctrinas vivan y mueran-, quizá fuera mejor constatar que actualmente apenas quedan personas que se declaren marxistas.

Bueno, pues no estoy seguro de que eso sea del todo malo. Hace unos diez u once años, recuerdo que realicé una pequeña encuesta personal clarificadora. En una reunión en la que todos los presentes se pretendían marxistas, pregunté a cada uno qué obras de Marx habían estudiado. No sólo pude comprobar que ninguno había leído prácticamente nada de Marx âcosa que en realidad ya esperabaâ, sino que me topé además con algo que sí me sorprendió: que lo reconocían sin la menor vergüenza, como si la cosa fuera de lo más normal. Se adscribían a algo que desconocían, y se quedaban tan anchos. En el libro de Eugenio se examina ese fenómeno en detalle y en sus diversas implicaciones.

Mucho me temo que hayan sido legión los que se afirmaban marxistas no porque participaran de las ideas de Marx -de las que sólo tenían vagas referencias de segunda mano-, sino porque eso les proporcionaba una seguridad psicológica. Actuaban como el niño del anuncio, ése que amenaza al matón diciéndole: «Ya verás como venga mi primo el de Zumosol». Eran conscientes de su debilidad teórica, pero se creían amparados por la doctrina de un pensador muy importante, científico irrefutable, capaz de destrozar todas las patrañas de sus enemigos.

Luego estábamos los que sí leíamos a Marx. Pero, como ya he dicho antes, cada cual lee desde sus necesidades psicológicas y, con frecuencia, no encuentra en los libros sino lo que previamente busca en ellos. Y la mayoría de los que leíamos a Marx lo hacíamos para reafirmarnos en nuestras convicciones previas, esto es, en nuestros prejuicios. Estábamos de acuerdo porque aquello sonaba bien y porque, además, necesitábamos estar de acuerdo. Eso cuando no lo hacíamos a la búsqueda de esta o aquella frase que confirmara lo que nosotros pensábamos, para exhibirla como cita de autoridad dentro de los extensos ambientes en los que Marx era, efectivamente, una autoridad indiscutible e indiscutida.

Eso se ha acabado y, a decir verdad, me alegro. Hace poco, de cara a un artículo que estaba escribiendo, hube de volver a ojear El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Fue para mí una gozosa sorpresa. Liberado de la obligación -inconsciente, y por ello doblemente constreñidora- de estar de acuerdo, leyéndolo como un simple libro, y no como parte de las Sagradas Escrituras, lo disfruté como nunca lo había hecho: vi a un Marx genial, pero demasiado inclinado a extraer leyes generales de fenómenos aislados y examinados sólo en algunos de sus aspectos; un Marx brillante, culto, excelente escritor, penetrante analista... Un tipo fantástico, en suma, que me estaba invitando a pensar; no a seguirlo. Despojado de sus atributos divinos, Marx se me apareció como un hombre admirable. ¿Marx ha muerto? Por supuesto, y el polvo de lo que fue su cuerpo yace debajo de una tumba -feísima, por cierto- en el cementerio de Highgate, en Londres. Pero sus libros siguen existiendo, y sigue valiendo la pena leerlos.

El problema que me preocupa -ya digo que a mí, personalmente- no es el de si el marxismo ha muerto o no, sino el de saber en qué medida ha muerto el espíritu de rebeldía, el odio hacia la injusticia, el rechazo de la explotación de los débiles -y de las débiles-. Y en qué medida ha muerto el espíritu de solidaridad, y la piedad. En conjunto, en qué medida ha muerto el impulso ético que movió a Marx y ha movido a muchos otros rebeldes, antes de él y después de él.

En el libro de Eugenio se examinan las problemáticas relaciones que los marxistas han tenido siempre con respecto a los criterios éticos. A la mayoría de los marxistas, y frecuentemente al propio Marx, les incomodaba oír hablar de ética. Se suponía que el suyo era socialismo científico, no utópico, y parece que la ética tiene mal encaje en la Ciencia. Creo que esa desazón del marxismo ante el impulso ético ha sido uno de los elementos más perversos que han acompañado al socialismo y al comunismo a lo largo de su existencia.

Pero, si no se lucha por razones éticas, entonces, ¿por qué se lucha? Ahí es donde entra en juego la escatología, a la que Eugenio dedica una parte de su obra. Se suponía que el marxista conocía el sentido del devenir histórico, porque poseía la doctrina que había aprehendido las leyes de la evolución de la Historia, de modo que con su acción se limitaba a favorecer que el tiempo siguiera con mayor rapidez su curso ineluctable. Esa convicción ha henchido de fervor combativo a varias generaciones de militantes marxistas. Porque, como escribe muy bien Eugenio, «saberse destinado al triunfo es un factor de unidad y entusiasmo».

Eugenio se sirve del término «escatología» en su sentido teleológico, esto es, como el estudio del destino último de la Humanidad. La escatología marxista tuvo la virtud de unificar los dos sentidos del término escatós, palabra griega que alude tanto a «lo último» vital como a «lo último» digestivo, esto es, a los excrementos. Quiero decir que la escatología marxista fue una mierda. La mayor parte de cuantos creyeron asentar la razón de su combate en la convicción del triunfo final se estrellaron, así que se dieron cuenta de que ese triunfo era, si no imposible, harto improbable. Y no faltaron los que tanto habían soñado con tomar el Poder y hacerlo suyo que, a falta de un Poder revolucionario, optaron por formar parte del Poder existente. Y algún otro hemos visto que, harto de que la Historia no lo hiciera comisario del Pueblo, acabó haciéndose comisario de Policía.

Por fortuna, no todos los militantes marxistas eran así. También los había conscientes de que no luchaban porque la Ciencia los amparara. Y de ésos sigue habiendo un puñado a lo ancho y lo largo del mundo, se declaren marxistas o cristianos, o no se crean obligados a declararse nada, y los habrá, y hasta, si las condiciones ayudan, alguna vez serán legión (para volver a ser pocos más tarde, por supuesto). Gentes que luchan porque aman y porque odian; gentes que luchan porque no aguantan más; que luchan, incluso, porque no aguantan no luchar. Gentes que conciben el conocimiento como un instrumento al servicio de la rebeldía, que añade eficacia a ésta, pero que nunca la suple.

Muchos de vosotros tenéis edad para acordaros de cómo las gentes de orden llamaban hace años a quienes, sin ser ni marxistas ni comunistas, luchaban del lado de los marxistas y los comunistas. El término era «compañeros de viaje». Poco antes de huir de Madrid para exiliarse en Euskadi, hace ya de esos muchos años, José Bergamín nos concedió a Rafael Chirbes y a mí una entrevista. Ã1 era, como sabéis, profundamente cristiano. Cuando nosotros nos declaramos marxistas, Bergamín esbozó una sonrisa y nos dijo: «Estoy dispuesto a ir con vosotros hasta la muerte. ¡Pero ni un paso más allá!». Eso era ser compañero de viaje.

Creo que todos deberíamos reivindicar ahora el título de «compañeros de viaje». Porque ya estamos conscientemente embarcados en ese viaje que Konstantino Kavafis animaba a emprender en su poema Itaca, en 1911. Os lo recuerdo:

«Si vas a emprender el viaje hacia Itaca / pide que tu camino sea largo, / rico en experiencias y en conocimiento. / (...) Pide que tu camino sea largo / y que sean muchas las mañanas de verano / en que con placer arribes felizmente / a bahías nunca vistas. (...) / Ten siempre a Itaca en el pensamiento: / tu meta es llegar allí. / Pero no tengas prisa. / Mejor que el viaje dure muchos años / y que no llegues a la isla sino ya viejo, / rico con lo que hayas ganado en el camino, / sin esperar que Itaca te enriquezca. / Itaca te regaló un hermoso viaje. / Por ella emprendiste tu camino. / Eso es todo lo que puede darte. / Tal vez la encuentres pobre, / pero no te habrá engañado. / Rico en saber y en vida, / habrás aprendido qué significan las Itacas».

La tierra prometida -Itaca, o sea: la Justicia, el fin de la opresión, la igualdad- es muy probable que no exista. Pero eso no quita validez al esfuerzo por llegar a ella. Porque lo mejor de ese viaje no está en el destino, sino en el camino mismo: en el esfuerzo por comprender las cosas y por cambiarlas, en el esfuerzo por comprendernos y por cambiarnos nosotros mismos, y en las muchas satisfacciones que nos dan quienes nos acompañan en esta singular y emocionante travesía.



Para volver a âConferencias y presentacionesâ?, pincha aquí






Reivindicación de Itaca



Texto de las sucesivas presentaciones del libro «La sombra de Marx», de Eugenio del Río (Talasa, 1994), realizadas en Madrid, Cádiz y Granada a lo largo de 1994.



En La Sombra de Marx, Eugenio del Río ha realizado un trabajo de investigación y de análisis meticuloso, riguroso, desprejuiciado, sobrio y modesto.

No acumulo adjetivos para piropear al autor, sino para definir lo que ha hecho.

La actitud metodológica de Eugenio del Río es muy infrecuente. A mí no me sorprende, porque lo conozco desde hace algo así como treinta años, la mitad de los cuales los hemos convivido de muy cerca, y he asistido a la forja de ese modo de pensar y de trabajar. Nunca pone en el papel una afirmación rotunda que no haya sopesado cuidadosamente; incluso cuando la ha sopesado cuidadosamente, rara vez la pone como afirmación rotunda; no se apropia jamás de una idea ajena sin citar a su autor; invierte todo el esfuerzo necesario en conocer cuanto de interés se ha escrito sobre cada aspecto de las materias que aborda; es implacable con los prejuicios, sin olvidarse de los suyos propios...

A todo lo cual añade otros dos elementos fundamentales, que son -todo sea dicho- los que peor llevo: las cosas las explica una sola vez, dando por supuesto que quien le lee es inteligente; las explica de la manera más escueta y desapasionada posible y, además, sin apenas ningún adorno literario.

Quiero decir con esto que el método de Eugenio del Río es tan intelectualmente admirable como publicitariamente desastroso: Del Río es, con toda probabilidad, el peor vendedor de su propio pensamiento que haya en este país. Si yo tuviera el 10 por ciento de su bagaje intelectual y una tercera parte de su capacidad analítica, estoy convencido de que pasaría por ser uno de los más sesudos pensadores de nuestro tiempo, y las radios y las televisiones se rifarían mi presencia. Pero él es así, y no hay más vueltas que darle.

Afirmado lo cual, quisiera decirles algunas palabras sobre la lectura que he hecho de La sombra de Marx (dicho sea lo de «lectura» en su sentido más literal).

Los libros dicen lo que dicen, pero nosotros los leemos desde nuestros centros de interés y nuestras preocupaciones personales, más o menos coyunturales, lo que hace que el mismo libro a unos nos diga unas cosas y a otros otras, y que a nosotros mismos nos diga cosas diferentes en épocas diferentes. Mi lectura de este libro no se ha escapado a esa regla.

Desde ese ángulo declaradamente personal, lo que más me ha interesado de él es cómo acierta a simultanear la lucidez crítica con respecto al marxismo -con y sin comillas- y la oposición radical a la organización social vigente. En este libro se examina con espíritu crítico e independiente la obra de Marx, y de modo particularmente demoledor su cristalización dogmática en la ortodoxia marxista que ha dominado durante este siglo los movimientos de oposición al capitalismo, sin que de ello se desprenda nada que mueva a la resignación con respecto al orden social existente. Ãsta no es una obra para desengañados, escépticos o reacomodados. En ella se invita a retirar los escombros del solar en que hoy habita la causa anticapitalista y a examinar con detenimiento cada piedra, de cara a determinar por qué el edificio se vino abajo. Y nos va animando a descubrir cómo lo que se había construido con la intención de que fuera un edificio inteligente se fue convirtiendo poco a poco en una sórdida comisaría. Pero no para que nos lamentemos del desastre, cual Caballé ante el Liceu, ni para que renunciemos a construir nada alternativo, a la vista de lo difícil que es, y todavía menos para que nos vayamos a vivir a casa ajena, sino para que aprendamos.

Para que aprendamos, ¿a qué? Pues a pensar por nosotros mismos; a no dar por bueno sino aquello que nos convence después de evaluado; a no buscar respuestas únicas, totales; a dudar de todo en general y de nosotros mismos en particular; a tener siempre presente que podemos estar equivocados, y que quien nos contradice es fácil que esté en lo cierto, del todo o en parte; a abominar de inquisidores, de guardianes del fuego sagrado y de ortodoxos...

Hoy en día, casi todo el mundo da por hecha la muerte del marxismo. No veo interés en discutirlo. Entre otras cosas, porque para ello sería necesario empezar por determinar qué es el marxismo. Más que dictaminar la defunción de una doctrina -en el supuesto de que el marxismo fuera una, o sea, una sola, y en el supuesto de que las doctrinas vivan y mueran-, quizá fuera mejor constatar que actualmente apenas quedan personas que se declaren marxistas.

Bueno, pues no estoy seguro de que eso sea del todo malo. Hace unos diez u once años, recuerdo que realicé una pequeña encuesta personal clarificadora. En una reunión en la que todos los presentes se pretendían marxistas, pregunté a cada uno qué obras de Marx habían estudiado. No sólo pude comprobar que ninguno había leído prácticamente nada de Marx âcosa que en realidad ya esperabaâ, sino que me topé además con algo que sí me sorprendió: que lo reconocían sin la menor vergüenza, como si la cosa fuera de lo más normal. Se adscribían a algo que desconocían, y se quedaban tan anchos. En el libro de Eugenio se examina ese fenómeno en detalle y en sus diversas implicaciones.

Mucho me temo que hayan sido legión los que se afirmaban marxistas no porque participaran de las ideas de Marx -de las que sólo tenían vagas referencias de segunda mano-, sino porque eso les proporcionaba una seguridad psicológica. Actuaban como el niño del anuncio, ése que amenaza al matón diciéndole: «Ya verás como venga mi primo el de Zumosol». Eran conscientes de su debilidad teórica, pero se creían amparados por la doctrina de un pensador muy importante, científico irrefutable, capaz de destrozar todas las patrañas de sus enemigos.

Luego estábamos los que sí leíamos a Marx. Pero, como ya he dicho antes, cada cual lee desde sus necesidades psicológicas y, con frecuencia, no encuentra en los libros sino lo que previamente busca en ellos. Y la mayoría de los que leíamos a Marx lo hacíamos para reafirmarnos en nuestras convicciones previas, esto es, en nuestros prejuicios. Estábamos de acuerdo porque aquello sonaba bien y porque, además, necesitábamos estar de acuerdo. Eso cuando no lo hacíamos a la búsqueda de esta o aquella frase que confirmara lo que nosotros pensábamos, para exhibirla como cita de autoridad dentro de los extensos ambientes en los que Marx era, efectivamente, una autoridad indiscutible e indiscutida.

Eso se ha acabado y, a decir verdad, me alegro. Hace poco, de cara a un artículo que estaba escribiendo, hube de volver a ojear El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Fue para mí una gozosa sorpresa. Liberado de la obligación -inconsciente, y por ello doblemente constreñidora- de estar de acuerdo, leyéndolo como un simple libro, y no como parte de las Sagradas Escrituras, lo disfruté como nunca lo había hecho: vi a un Marx genial, pero demasiado inclinado a extraer leyes generales de fenómenos aislados y examinados sólo en algunos de sus aspectos; un Marx brillante, culto, excelente escritor, penetrante analista... Un tipo fantástico, en suma, que me estaba invitando a pensar; no a seguirlo. Despojado de sus atributos divinos, Marx se me apareció como un hombre admirable. ¿Marx ha muerto? Por supuesto, y el polvo de lo que fue su cuerpo yace debajo de una tumba -feísima, por cierto- en el cementerio de Highgate, en Londres. Pero sus libros siguen existiendo, y sigue valiendo la pena leerlos.

El problema que me preocupa -ya digo que a mí, personalmente- no es el de si el marxismo ha muerto o no, sino el de saber en qué medida ha muerto el espíritu de rebeldía, el odio hacia la injusticia, el rechazo de la explotación de los débiles -y de las débiles-. Y en qué medida ha muerto el espíritu de solidaridad, y la piedad. En conjunto, en qué medida ha muerto el impulso ético que movió a Marx y ha movido a muchos otros rebeldes, antes de él y después de él.

En el libro de Eugenio se examinan las problemáticas relaciones que los marxistas han tenido siempre con respecto a los criterios éticos. A la mayoría de los marxistas, y frecuentemente al propio Marx, les incomodaba oír hablar de ética. Se suponía que el suyo era socialismo científico, no utópico, y parece que la ética tiene mal encaje en la Ciencia. Creo que esa desazón del marxismo ante el impulso ético ha sido uno de los elementos más perversos que han acompañado al socialismo y al comunismo a lo largo de su existencia.

Pero, si no se lucha por razones éticas, entonces, ¿por qué se lucha? Ahí es donde entra en juego la escatología, a la que Eugenio dedica una parte de su obra. Se suponía que el marxista conocía el sentido del devenir histórico, porque poseía la doctrina que había aprehendido las leyes de la evolución de la Historia, de modo que con su acción se limitaba a favorecer que el tiempo siguiera con mayor rapidez su curso ineluctable. Esa convicción ha henchido de fervor combativo a varias generaciones de militantes marxistas. Porque, como escribe muy bien Eugenio, «saberse destinado al triunfo es un factor de unidad y entusiasmo».

Eugenio se sirve del término «escatología» en su sentido teleológico, esto es, como el estudio del destino último de la Humanidad. La escatología marxista tuvo la virtud de unificar los dos sentidos del término escatós, palabra griega que alude tanto a «lo último» vital como a «lo último» digestivo, esto es, a los excrementos. Quiero decir que la escatología marxista fue una mierda. La mayor parte de cuantos creyeron asentar la razón de su combate en la convicción del triunfo final se estrellaron, así que se dieron cuenta de que ese triunfo era, si no imposible, harto improbable. Y no faltaron los que tanto habían soñado con tomar el Poder y hacerlo suyo que, a falta de un Poder revolucionario, optaron por formar parte del Poder existente. Y algún otro hemos visto que, harto de que la Historia no lo hiciera comisario del Pueblo, acabó haciéndose comisario de Policía.

Por fortuna, no todos los militantes marxistas eran así. También los había conscientes de que no luchaban porque la Ciencia los amparara. Y de ésos sigue habiendo un puñado a lo ancho y lo largo del mundo, se declaren marxistas o cristianos, o no se crean obligados a declararse nada, y los habrá, y hasta, si las condiciones ayudan, alguna vez serán legión (para volver a ser pocos más tarde, por supuesto). Gentes que luchan porque aman y porque odian; gentes que luchan porque no aguantan más; que luchan, incluso, porque no aguantan no luchar. Gentes que conciben el conocimiento como un instrumento al servicio de la rebeldía, que añade eficacia a ésta, pero que nunca la suple.

Muchos de vosotros tenéis edad para acordaros de cómo las gentes de orden llamaban hace años a quienes, sin ser ni marxistas ni comunistas, luchaban del lado de los marxistas y los comunistas. El término era «compañeros de viaje». Poco antes de huir de Madrid para exiliarse en Euskadi, hace ya de esos muchos años, José Bergamín nos concedió a Rafael Chirbes y a mí una entrevista. Ã1 era, como sabéis, profundamente cristiano. Cuando nosotros nos declaramos marxistas, Bergamín esbozó una sonrisa y nos dijo: «Estoy dispuesto a ir con vosotros hasta la muerte. ¡Pero ni un paso más allá!». Eso era ser compañero de viaje.

Creo que todos deberíamos reivindicar ahora el título de «compañeros de viaje». Porque ya estamos conscientemente embarcados en ese viaje que Konstantino Kavafis animaba a emprender en su poema Itaca, en 1911. Os lo recuerdo:

«Si vas a emprender el viaje hacia Itaca / pide que tu camino sea largo, / rico en experiencias y en conocimiento. / (...) Pide que tu camino sea largo / y que sean muchas las mañanas de verano / en que con placer arribes felizmente / a bahías nunca vistas. (...) / Ten siempre a Itaca en el pensamiento: / tu meta es llegar allí. / Pero no tengas prisa. / Mejor que el viaje dure muchos años / y que no llegues a la isla sino ya viejo, / rico con lo que hayas ganado en el camino, / sin esperar que Itaca te enriquezca. / Itaca te regaló un hermoso viaje. / Por ella emprendiste tu camino. / Eso es todo lo que puede darte. / Tal vez la encuentres pobre, / pero no te habrá engañado. / Rico en saber y en vida, / habrás aprendido qué significan las Itacas».

La tierra prometida -Itaca, o sea: la Justicia, el fin de la opresión, la igualdad- es muy probable que no exista. Pero eso no quita validez al esfuerzo por llegar a ella. Porque lo mejor de ese viaje no está en el destino, sino en el camino mismo: en el esfuerzo por comprender las cosas y por cambiarlas, en el esfuerzo por comprendernos y por cambiarnos nosotros mismos, y en las muchas satisfacciones que nos dan quienes nos acompañan en esta singular y emocionante travesía.



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De JM
21 jul 2004
Sobre tal cuestión relativa a la "Mirada a lo cóncavo del propio ser o de la Naturaleza", en nada creo que deba interferirse colectivamente, pues se trata de una cuestión personal y totalmente privada, de cada uno.

La cuestión es que socialmente la religón-confesión es un mecanismo de alienación y en este sentido es sinónimo de feudalismo o capitalismo y que ha de superarse, como mecanismo social, de forma colectiva. Nada interfiere ni importa a ello el derecho privado inalienable de lo que llamas creencias personales: la acción política libertaria deja a salvo lo que cada uno piense y por eso reivindico que el marxismo no está anticuado, y cuáles son sus fundamentos ideológicos y de análisis histórico para dotar de elementos de acción política a los trabajadores. Las religiones-confesiones son la antítesis y la parte contraria a esto pues sustentan el fundamento ideológico de la dominación, de autoritarismo, y en suma, sustentan la explotación capitalista.

No se trata de saltarse ningún paso, sino de tener claro qué elementos han de tenerse en cuenta. Desbaratar la manipulación de los que se llaman "socialistas cristianos" es básica para entender la trampa de los buenistas y liquidacionistas: el forum es la quintaesencia de su mentira.
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